El capitán Prat, que mandaba la Esmeralda, hubiera podido retirarse con honor dada la inferioridad de los dos barcos chilenos; pero siendo de más andar los dos barcos enemigos, comprendió que con la retirada no se evitaba la lucha porque el enemigo le hubiera dado alcance.
Obligado, pues, á combatir, consideró preferible hacerlo en aquellas aguas. Así presenciarían desde la costa el heroísmo chileno.
Á los primeros disparos de cañón que hizo el Huáscar sobre la Esmeralda, contestó la tripulación chilena con un entusiasta ¡viva Chile! El capitán Prat, sereno sobre el puente, arengó más de una vez á los suyos; su débil artillería contestó á la poderosa del Huáscar, aunque sus proyectiles no hacían más que lamer la resistente coraza del poderoso enemigo. En tanto los chilenos eran destrozados por los cañones disparados sobre ellos á tiro de pistola, como también por la fusilería que los hostilizaba desde tierra.
Destrozada la Esmeralda y diezmada su tripulación, el comandante del Huáscar asombrado al ver tanto heroísmo gritó á Prat desde su torre: «Capitán, ríndase; ha hecho usted más de lo que exige el honor; queremos salvar la vida de esos valientes.»
El valeroso Prat respondió inmediatamente: «Los chilenos no se rinden».
La Esmeralda, acribillada, enrojecida de sangre y llena de averías, apenas se sostenía sobre el agua. El contralmirante don Miguel Grau, perdida toda esperanza de que Prat se rindiera, quiso acabar de una vez echando á pique la vieja nave chilena con el espolón del Huáscar.
Al chocar ambos buques, saltó Prat desde el suyo al puente del peruano, siguiéndole un bizarro marinero. Allí perecieron ambos lidiando como leones.
Da el monitor un segundo espolonazo, y al choque lo abordan (tan heroicamente como antes lo hizo Prat) el teniente Serrano y algunos marineros. Todos sucumbieron peleando sobre el buque enemigo. Fué un abordaje heroico.
Al mismo tiempo se hundía la vieja Esmeralda en los hondos abismos del Océano, llevándose consigo los cuerpos mutilados de muchos combatientes, el respeto de sus enemigos y la admiración de todo el mundo.
Ya estaba anegado el buque y la pólvora mojada, cuando el teniente Riquelme disparó el último cañonazo de aquel memorable día. Último saludo á su bandera, último adiós á la patria, coreado por las voces de los marineros que ya sumergidos en las olas alzaban sus cabezas gritando en su último aliento: ¡viva Chile!