No obstante su saludable rigor, no obstante las intrigas que contra él fraguaban sus émulos y envidiosos, era el ídolo de los soldados y la admiración del mundo. Por eso es más grande, por eso es más singular su abnegación renunciando á aprovecharse de su popularidad y de sus triunfos, y deponiendo su espada y sus laureles en el altar de la patria.
La capitulación de Yorktown, el 19 de octubre de 1781, fué el hecho decisivo de la guerra. Allí quedó prisionero el ejército inglés mandado por Cornwallis. Continuaron algún tiempo las hostilidades, pero Inglaterra estaba ya vencida.
En 1783 quedó firmada la paz.
Wáshington hubiera podido hacerse aclamar emperador ó rey ó dictador, como se lo proponían muchos de sus oficiales. Desechó la propuesta con indignación, desdeñó las críticas de unos y los halagos de otros, y se retiró á su casa de Mount-Vernon para vivir con honra como ciudadano de un gran pueblo.
Pero este pueblo, que le debía su existencia como nación independiente y libre, le sacó de su retiro en 1788 para elevarle á la presidencia de la República. Reelegido presidente en 1793, desempeñó lealmente la primera magistratura del Estado hasta 1797. Se quiso entonces reelegirle por otros cuatro años; pero él se negó resueltamente, dando así un buen ejemplo, que en las democracias no debe haber reelecciones.
En 1798 se dió á Wáshington el título honorífico de generalísimo de los ejércitos americanos, título que debía conservar mientras viviera. Mas vivió poco, pues murió el 14 de diciembre de 1799.
El Congreso decidió que todos los ciudadanos de los Estados Unidos vistieran luto durante un mes, y que se erigiera un monumento al gran caudillo en la ciudad Federal, que tomó el nombre de Wáshington.
Su memoria vive en el corazón de todo patriota americano, y es venerada por todos los federales de todos los continentes.