Bolívar es el tipo del caudillo revolucionario.

No del revolucionario levantisco, ciego instrumento de la demagogia, sino del que se siente subyugado ó atraído por un hermoso ideal y no pierde jamás la fe en el triunfo.

Para Bolívar no existían obstáculos; si los encontraba los vencía; y le enamoraban más si parecían insuperables, porque así era mayor el esfuerzo.

Bolívar era soldado y poeta; no poeta como el que escribe silbas para que sean silbadas ó sonetos para leerlos él solo, sino poeta de veras en sus pensamientos, en sus hechos y en su sensibilidad.

Genio soñador, había soñado en la independencia y en sus luchas desde la primera infancia. No le impulsaban móviles mezquinos, odios, despechos ni ambiciones: sólo tenía la ambición de gloria; sólo anhelaba morir por la libertad y la independencia de su patria.

Don Simón Bolívar y Ponte, de familia española, nació en Caracas en 1783 y murió en 1830. En el breve espacio de su corta vida realizó maravillosas empresas, dejando un nombre inmortal, un rastro de gloria envidiable é imperecedera. El nombre de Bolívar llegará á las remotas edades, pues está escrito en la Historia con letras de granito; su memoria no será olvidada mientras existan los Andes, el Amazonas y los dos Océanos que bañan los extensos litorales de la América del Sur.

Lo que hay de grande, de extraordinario, de épico en la obra de Bolívar, lo siente cualquier patriota; pero sólo puede comprenderlo el que sea verdadero militar. Improvisar ejércitos, disciplinarlos, instruirlos, aun en medio de inmensas dificultades, no es cosa extraordinaria ni nueva; batir á tropas regulares, bien mandadas por excelentes jefes, numerosas y aguerridas, tampoco es una empresa excepcional. Pero Bolívar hizo todo eso y mucho más que eso: conservar la disciplina después de la derrota, vencer decisivamente después de ser vencido, utilizar todos los elementos propios y aprovechar con acierto las aptitudes especiales de sus soldados y de sus tenientes; por último, inflamar de entusiasmo los corazones, electrizar á sus soldados y conquistar el afecto de sus propios enemigos.

Según la primera de las máximas de Napoleón, «los mayores obstáculos que se oponen á la marcha de un ejército son los grandes ríos, las cadenas de montañas y los desiertos». Pues bien, Bolívar hizo marchas de mil leguas á través de regiones sin caminos, salvando cordilleras, atravesando desiertos, y sin detenerse ante esos ríos verdaderamente grandes que en Europa no existen, ni Napoleón había visto, ni nadie cruzó nunca sin los medios necesarios.

Á tal punto es admirable y gigantesca la obra realizada por Bolívar en sus gloriosas campañas, que las batallas ganadas son pequeños episodios comparadas con las victorias que logró su genio sobre la naturaleza y el destino.

Y lo decimos con plena conciencia, poseídos de admiración y maravillados de su esfuerzo, pues sus marchas y sus retiradas, sus movimientos y recursos, no se conciben sin una audacia, una fortaleza y un genio sobrehumanos. Los infinitos encuentros, acciones de guerra, escaramuzas, combates y batallas en que tomó parte activa ó dirigió personalmente, quedan como obscurecidos ante la empresa casi inconcebible de su movilidad, atravesando ríos sin barcos y sin puentes, desiertos sin raciones, montañas sin caminos y bosques impenetrables. Y sin embargo, sus victorias sobre el enemigo fueron tan gloriosas como las de Boyacá, La Guaira, Pichincha, Junín y tantas otras.