Las luchas de los partidos y la penuria del Erario, dando ocasión á reclamaciones repetidas de varias potencias extranjeras, motivaron una intervención armada de España, Francia é Inglaterra.

Comprendiendo Juárez el peligro que corrían la libertad y la patria si permitía la permanencia de los intervencionistas; conociendo además la justicia de algunas de las reclamaciones, firmó el convenio de la Soledad comprometiéndose al total pago de las reclamaciones por perjuicios inferidos á los extranjeros.

El general Prim se dió por satisfecho; y sólo aguardaba órdenes de su gobierno para retirarse con sus tropas españolas, cuando supo que los franceses exigían además garantías de orden político para lo venidero.

¡Y qué garantías!

Pensaban nada menos que destruír la República, establecer el imperio é imponer á Méjico un emperador austriaco.

Entonces Prim se reembarcó bajo su responsabilidad, haciendo otro tanto los ingleses, y denunciando al mundo la doblez y la perfidia de Napoleón III.

Los gabinetes de Madrid y Londres aprobaron después la conducta de los generales.

Los franceses, una vez solos, rompieron el tratado de la Soledad y manifestaron su propósito de derrocar la República.

Tan preconcebido era su plan, que ya tenían dispuesto el príncipe extranjero que había de ser elevado el trono de Motezuma: era Maximiliano de Austria, hermano segundo del emperador Francisco José.

El nuevo imperio había de establecerse bajo la inmediata protección de Francia.