Méjico se encontraba á la sazón con su tesoro exhausto, con los enemigos en su suelo y con la desconfianza en los espíritus.

Hijos espúreos de la patria se unían á los franceses invasores, no vacilando en sacrificar la independencia con tal de destruír las reformas democráticas y las instituciones liberales.

Tal era la postración del país, que sólo podía salvarlo una política enérgica, una política heroica.

Juárez no se sintió desalentado ante una situación tan angustiosa.

Elevándose á la altura de unas circunstancias tan excepcionales y tan críticas, hizo un llamamiento á los Estados que acudieron con fuerzas y recursos.

Los franceses, para impedir que los mejicanos organizaron su improvisado ejército, se internaron con las escasas fuerzas de que disponían.

El 5 de mayo de 1862 fueron batidos por los mejicanos en las llanuras de Puebla, viéndose obligados á retirarse con grandes pérdidas á Veracruz.

Allí esperaron refuerzos, y cuando los recibieron en suficiente número marcharon otra vez al interior, ocupando Puebla un año después de su primera derrota.

Desde entonces la resistencia se hizo difícil. Juárez, no obstante, al frente del gobierno nacional, disputó el terreno palmo á palmo al emperador intruso, á los traidores que le secundaban y á los mercenarios extranjeros.

Hubo momentos en que la causa de Méjico se creyó perdida. Las tropas de Juárez, mermadas por la deserción y por la muerte, no se apartaban ya de la frontera norte americana. Pero el ínclito Juárez no abandonaba la bandera que le había confiado la nación, y todos los patriotas de América y del mundo tenían fijos en él los ojos y la esperanza.