Belgrano perdió las batallas de Paraguarí, Tacuarí y alguna otra, sin que padeciera su prestigio de soldado: había luchado con fuerzas inferiores, en la proporción de 1 á 16, no cediendo la victoria sino á la superioridad numérica del enemigo.

Pero si mantenía su buen nombre de soldado y su acreditada fama de valiente, en cambio carecía de esa reputación de inteligencia militar sin la cual no hay caudillo prestigioso. La pericia de un general se demuestra lo mismo en los reveses que en las victorias; mas los pueblos no la ven jamás sino en la gloria del triunfo.

En la campaña de 1812 fué Belgrano mucho más feliz, pues ganó la acción de Tucumán, como también la de Salta en 1813. Estas victorias, que restablecieron su prestigio, aseguraron el éxito de la revolución. La Asamblea, y en nombre suyo el gobierno, premió á Belgrano con un sable de honor que contenía la inscripción siguiente:

La Asamblea Constituyente
al benemérito general Belgrano

La guarnición del sable era de oro.

Además se le regalaron sobre 40,000 pesos en fincas del Estado.

El cabildo de la capital le remitió un bastón de mando y un par de magníficas pistolas.

Belgrano aceptó los obsequios con que se le honraba, excepto el de las fincas. Sobre éste dijo en una respetuosa comunicación:

«Nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el patriota verdadero que goza de la confianza de sus conciudadanos, que las riquezas. Éstas son el escollo de la virtud, y adjudicadas en premio, no sólo son capaces de excitar la avaricia en los demás, sino que parecen dirigidas á lisonjear una pasión abominable en el agraciado. He creído digno de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de mi patria, el destinar esa suma de 40,000 pesos á la dotación de cuatro escuelas en las ciudades de Tarija, Jujuy, Santiago y Tucumán.»

En octubre de 1813 fué batido Belgrano en las altillanuras de Bolivia, teniendo que retirarse á Jujuy. Después de entregar sus fuerzas al general San Martín, regresó á Buenos Aires.