BILBAO

Como todos los hombres apasionados y entusiastas, Francisco Bilbao tuvo en su tiempo y en su patria más detractores que amigos. Los unos le reprochaban la temeridad de sus empresas, los otros la osadía de sus concepciones; quién le consideraba un sectario exclusivista, quién un terrible demagogo. Ha sido necesario que la muerte le oculte á los ojos de los vivos, para que éstos hagan completa justicia á su talento y á sus intenciones.

Hemos dicho que tuvo corto número de amigos, lo cual no quiere decir que no fuese popular; contaba en absoluto con las masas. Hemos querido decir que no le daban apoyo ni le hacían justicia los hombres ilustrados, los que guían y encauzan la opinión, los escritores y los periodistas, pues éstos en general veían con malos ojos sus ideas revolucionarias y sus planes políticos. Sin embargo, sus planes eran prácticos. Lo que parecía demagógico á muchos hombres públicos, se ha realizado en parte; lo que se juzgaba peligroso en las naciones de América, lo considerarían insuficiente, reaccionario ó tímido en Europa, á la fecha en que escribimos, no los nihilistas y socialistas revolucionarios, sino los simples liberales belgas, ingleses, franceses ó españoles.

He aquí un extracto de su biografía:

«Francisco Bilbao nació en Santiago de Chile en 1823 y murió en Buenos Aires en 1865. Su vida fué una constante peregrinación; perseguido casi siempre, calumniado á menudo, desdeñado á veces, no halló casi nunca justicia ni reposo ni consiguió morir en el seno de su patria.

Á la edad de veinte años hizo pública su profesión de fe; el librepensamiento, que él defendía, contaba entonces muy pocos partidarios, y Bilbao fué sometido á un proceso, lo que le obligó á emigrar. Cinco años pasó en Europa, no como suelen hacerlo tantos jóvenes americanos que sólo se dedican á gozar de los placeres que ofrecen las corrompidas ciudades del antiguo mundo, sino estudiando con verdadero afán, con ansia de saber, con infatigable aplicación. Tuvo por maestros á Lamennais, Edgard Quinet y Michelet, de quienes conservó toda la vida recuerdo cariñoso. De tales maestros no podía salir un mal discípulo, sobre todo cuando aquéllos sembraban en campo tan abonado para su semilla.

Las revoluciones de febrero y junio de 1848, que presenció en París, le enseñaron prácticamente dos cosas: primera, la imposibilidad de perpetuar errores é injusticias en pueblos que tienen el sentimiento de su dignidad; segunda, la manera de combatir á los tiranos y á las oligarquías, valiéndose del plomo, del hierro, de las barricadas y del corazón.

Aprendió más en aquel año fecundo y que tantas huellas ha dejado en la política europea: la solidaridad de los pueblos, esto es, la unidad de la democracia para la cual no hay distancias ni fronteras, pues la revolución de febrero tuvo un eco en todas las naciones, repercutió en los pueblos que parecían menos aptos para la República, produjo barricadas y sangrientas luchas en la heroica Milán, en la vetusta Roma, en España, en Alemania, en Irlanda. El año de 1848 fué la aurora de la redención, fué el programa que había de realizarse en la segunda mitad del siglo XIX. En la brecha de Roma, heroicamente defendida por Garibaldi, fué aclamado el librepensamiento; en las calles de Milán, atestadas de cañones austriacos y de soldados tudescos, vitoreó Mazzini la independencia de Italia; en Hungría y en Alemania se luchó con denuedo por la libertad; en las calles de Sevilla y por dos veces en las de Madrid, cayeron cien patriotas al grito de ¡viva la República!

Francisco Bilbao aprendió más todavía en las dos revoluciones parisienses de 1848: que los vencedores son siempre unos héroes y unos santos; los vencidos unos miserables cobardes y traidores. Los mismos que en febrero derribaron á Luis Felipe, rey constitucional de Francia, y se proclamaron á sí mismos salvadores de la patria, ametrallaron despiadadamente á los obreros que en junio intentaron conquistar, con una bravura digna de mejor éxito, el sufragio universal y los derechos del hombre. Sí, los derechos del hombre. Estaban escritos desde 1789; pero la burguesía francesa los interpretaba con un criterio mezquino. El hombre tiene derecho á vivir, á trabajar y á saber; los obreros de París reclamaban con razón un aumento de salario, una organización del trabajo nacional que no hiciera depender el suyo de la voluntad de los patrones, y una amplitud racional en la enseñanza pública, en la instrucción de sus hijos, á quienes debe la sociedad una educación extensa, laica y gratuita. La dignidad por medio de la libertad, el pan por medio del trabajo, la instrucción por el Estado, eso era todo lo que pedían los revolucionarios parisienses, y eso fué lo que Francisco Bilbao quería para la plebe. Quería, principalmente, como base de sus futuras conquistas, la libertad de conciencia y la proscripción del fanatismo.

Bilbao tornó á su patria en 1849 y pronto se hizo el ídolo de las masas. Fundó la «Sociedad de la Igualdad», en cuyo seno educaba á los rotos, y á muchos que no eran rotos, imbuyéndoles ideas de igualdad y de fraternidad. Aquella sociedad llegó á contar seis mil socios.