(Éntranse el vizcaino y Solórzano.)

CRISTINA.

Todo estará como de molde: vayan ustedes en hora buena.

BRÍGIDA.

Amiga Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos filos[33] al deseo: ¡ay qué linda, qué nueva, qué reluciente, y qué barata! Digo Cristina, que sin saber cómo, ni cómo no, llueven los bienes sobre tí, y se te entra la ventura por las puertas, sin solicitalla: en efecto, eres venturosa sobre las venturosas; pero todo lo merecen tu desenfado, tu limpieza, y tu magnífico término: hechizos bastantes á rendir las mas descuidadas y esentas voluntades; y no como yo, que no soy para dar migas á un gato. Toma tu cadena, hermana, que estoy para reventar en lágrimas; y no de envidia que á tí te tenga, sino de lástima que me tengo á mí.

Vuelve á entrar Solórzano.

SOLÓRZANO.

La mayor desgracia nos ha sucedido del mundo.

BRÍGIDA.

¡Jesus, desgracia! ¿y qué es, señor Solórzano?