SOLÓRZANO.
Á la vuelta de esta calle, yendo á la casa, encontramos con un criado del padre de nuestro vizcaino, el cual trae cartas y nuevas de que su padre queda á punto de espirar, y le manda que al momento se parta, si quiere hallarle vivo. Trae dinero para la partida, que sin duda ha de ser luego: yo le he tomado diez escudos para usted, y vélos aquí, con los diez que usted me dió denantes; y vuélvaseme la cadena: que si el padre vive, el hijo volverá á darla, ó yo no seré don Esteban de Solórzano.
CRISTINA.
En verdad que á mí me pesa; y no por mi interés, sino por la desgracia del mancebo, que ya le habia tomado aficion.
BRÍGIDA.
Buenos son diez escudos, ganados tan holgando: tómalos amiga, y vuelve la cadena al señor Solórzano.
CRISTINA.
Véla aquí, y venga el dinero: que en verdad que pensaba gastar mas de treinta en la cena.
SOLÓRZANO.
Señora Cristina, al perro viejo nunca tus tus: estas tretas con los de las galleruzas[34], y con este hueso á otro perro.