CRISTINA.
¿Para qué son tantos refranes, señor Solórzano?
SOLÓRZANO.
Para que entienda usted que la codicia rompe el saco: ¿tan presto se desconfió de mi palabra, que quiso usted curarse en salud, y salir al lobo al camino, como la gansa de Cantipalos? Señora Cristina, señora Cristina, lo bien ganado se pierde, y lo malo ello, y su dueño. Venga mi cadena verdadera, y tómese usted su falsa: que no ha de haber conmigo trasformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio. ¡Ó hi de puta, y qué bien que la amoldaron, y qué presto!
CRISTINA.
¿Qué dice usted, señor mio, que no lo entiendo?
SOLÓRZANO.
Digo que no es esta la cadena que yo dejé á usted, aunque le parece: que esta es de alquimia, y la otra es de oro de á veinte y dos quilates.
BRÍGIDA.
En mi ánima, que asi lo dijo el vecino, que es platero.