Entra un alguacil.

ALGUACIL.

¿Qué voces son estas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones?

SOLÓRZANO.

Usted, señor alguacil, ha venido aquí como de molde: á esta señora del rumbo sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez ducados, para cierto efecto: vuelvo agora á desempeñarla, y en lugar de una que le dí, que pesaba ciento y cincuenta ducados de oro de veinte y dos quilates, me vuelve esta de alquimia, que no vale dos ducados; y quiere poner mi justicia á la venta de la zarza, á voces y á gritos, sabiendo que será testigo de esta verdad esta misma señora, ante quien ha pasado todo.

BRÍGIDA.

Y cómo si ha pasado, y aun repasado; y en Dios y en mi ánima, que estoy por decir que este señor tiene razon; aunque no puedo imaginar dónde se puede haber hecho el trueco, porque la cadena no ha salido de aquesta sala.

SOLÓRZANO.

La merced que el señor alguacil me ha de hacer, es llevar á la señora al corregidor, que allá nos averiguaremos.

CRISTINA.