JUEZ.

¿De quién, ó por qué, señora?

MARIANA.

¿De quién? de este viejo, que está presente.

JUEZ.

¿Por qué?

MARIANA.

Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar continuo atenta á curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron á mí mis padres para ser hospitalera, ni enfermera: muy buen dote llevé al poder de esta espuerta de huesos, que me tiene consumidos los dias de la vida: cuando entré en su poder me relumbraba la cara como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa[2] encima. Vuesa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque: mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que derramo cada dia, por verme casada con esta anatomía.

JUEZ.

No lloreis, señora: bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré justicia.