Doña Cristina amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este rostro, que me muero, que me fino, que se me arranca el alma; Dios sea conmigo, confesion á toda priesa.

CRISTINA.

¿Qué es esto? ¡desdichada de mí! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha sucedido? ¿Has visto alguna mala vision? ¿Hánte dado alguna mala nueva de que es muerta tu madre, ó de que viene tu marido, ó hánte robado tus joyas?

BRÍGIDA.

Ni he visto vision alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi marido, que aun le faltan tres meses para acabar el negocio donde fué, ni me han robado mis joyas; pero háme sucedido otra cosa peor.

CRISTINA.

Acaba, dímela, doña Brígida mia; que me tienes turbada y suspensa hasta saberla.

BRÍGIDA.

¡Ay, querida! que tambien te toca á tí parte de este mal suceso. Límpiame este rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor, mas frio que la nieve: desdichadas de aquellas que andan en la vida libre, que si quieren tener algun poquito de autoridad, grangeada de aquí ó de allí, se la desjarretan y se la quitan al mejor tiempo.

CRISTINA.