¡Ay, Cristina de mi alma! que tambien oí decir que aunque dejan algunos, es con condicion que no se presten, ni que en ellos ande ninguna... ya me entiendes.
CRISTINA.
Ese mal nos hagan: porque has de saber, hermana, que está en opinion entre los que siguen la guerra, cuál es la mejor, la caballería ó la infantería, y háse averiguado que la infantería española lleva la gala á todas las naciones; y agora podremos las alegres mostrar á pie nuestra gallardía, nuestro garbo, y nuestra bizarría, y mas yendo descubiertos los rostros, quitando la ocasion de que ninguno se llame á engaño, si nos sirviese, pues nos ha visto.
BRÍGIDA.
¡Ay, Cristina! no me digas eso. ¡Qué linda cosa era ir sentada en la popa de un coche, llenándola de parte á parte, dando rostro á quién y cómo y cuándo queria! y en Dios y en mi ánima te digo, que cuando alguna vez me le prestaban, y me veia sentada en él con aquella autoridad, me desvanecia tanto, que creia bien y verdaderamente que era mujer principal, y que mas de cuatro señoras de título pudieran ser mis criadas.
CRISTINA.
¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo razon en decir que ha sido bien en quitar los coches, siquiera por quitarnos á nosotras el pecado de la vanagloria? Y mas que no era bien que un coche igualase á las no tales con las tales; pues viendo los ojos estranjeros á una persona en un coche, pomposa por galas, reluciente por joyas, echaria á perder la cortesía, haciéndosela á ella, como si fuera á una principal señora: asi que, amiga, no debes congojarte, sino acomoda tu brio y tu limpieza, y tu manto de soplillo sevillano, y tus nuevos chapines en todo caso, con las virillas de plata, y déjate ir por esas calles, que yo te aseguro que no falten moscas á tan buena miel, si quisieres dejar que á tí se lleguen: que engaño en mas va que en besarla durmiendo.
BRÍGIDA.
Dios te lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos y consejos; y en verdad que los pienso poner en práctica, y pulirme y repulirme, y dar rostro á pie y pisar el polvico á tan menudico, pues no tengo quien me corte la cabeza; que este que piensan que es mi marido, no lo es, aunque me ha dado la palabra de serlo.
CRISTINA.