SOLÓRZANO.

Y há muchos dias que deseo servir á usted, obligado á ello de su hermosura, buenas partes y mejor término; pero estrechezas, que no faltan, han sido freno á las obras hasta agora, que la suerte ha querido que de Vizcaya me enviase un grande amigo mio á un hijo suyo, vizcaino, muy galan, para que yo le lleve á Salamanca y le ponga de mi mano en compañía que le honre y le enseñe; porque, para decir la verdad á usted, él es un poco burro, y tiene algo de mentecato; y añádesele á esto una tacha, que es lástima decirla, cuanto mas tenerla, y es que se toma algun tanto, un si es no es, del vino; pero de manera que de todo en todo pierda el juicio, puesto que se le turba; y cuando está asomado y aun casi todo el cuerpo fuera de la ventana, es cosa maravillosa su alegría y su liberalidad: da todo cuanto tiene á quien se lo pide, y á quien no se lo pide; y yo querria, ya que el diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovecharme de alguna cosa, y no he hallado mejor medio, que traerle á casa de usted, porque es muy amigo de damas, y aquí le desollaremos cerrado como á gato; y para principio traigo aquí á usted una cadena en este bolsillo, que pesa ciento y veinte escudos de oro, la cual tomará usted y me dará diez escudos agora, que yo he menester para ciertas cosillas, y gastará otros veinte en una cena esta noche, que vendrá acá nuestro burro ó nuestro búfalo, que le llevo yo por el naso, como dicen; y á dos idas y venidas se quedará usted con toda la cadena, que yo no quiero mas que los diez escudos de ahora: la cadena es bonísima, y de muy buen oro, y vale algo de hechura: héla aquí: usted la tome.

CRISTINA.

Beso á usted las manos por la que me ha hecho en acordarse de mí en tan provechosa ocasion; pero, si he de decir lo que siento, tanta liberalidad me tiene algo confusa y algun tanto sospechosa.

SOLÓRZANO.

¿Pues de qué es la sospecha, señora mia?

CRISTINA.

De que podrá ser esta cadena de alquimia: que se suele decir que no es oro todo lo que reluce.

SOLÓRZANO.

Usted habla discretísimamente, y no en balde tiene usted fama de la mas discreta dama de la córte; y háme dado mucho gusto el ver cuán sin melindres ni rodeos me ha descubierto su corazon; pero para todo hay remedio, sino es para la muerte: usted se cubra su manto, ó envie, si tiene de quien fiarse y vaya á la platería, y en el contraste se pese y toque esa cadena, y cuando fuere fina, y de la bondad que yo he dicho, entonces usted me dará los diez escudos, harále una regalaria al borrico, y se quedará con ella.