(Éntrase Solórzano.)

BRÍGIDA.

Ésta, Cristina amiga, no solo es ventura, sino venturon llovido. ¡Desdichada de mí, y qué desgraciada que soy, que nunca toco quien me dé un jarro de agua, sin que me cueste mi trabajo primero! Sólo me encontré el otro dia en la calle á un poeta, que de bonísima voluntad y con mucha cortesía me dió un soneto de la historia de Píramo y Tisbe, y me ofreció trescientos en mi alabanza.

CRISTINA.

Mejor fuera que te hubieras encontrado con un ginovés, que te diera trescientos reales.

BRÍGIDA.

Sí, por cierto, ahí están los ginoveses de manifiesto, y para venirse á la mano, como halcones al señuelo: andan todos malencónicos y tristes con el decreto.

CRISTINA.

Mira, Brígida, de esto quiero que estés cierta, que vale mas un ginovés quebrado, que cuatro poetas enteros: mas ay, el viento corre en popa, mi platero es este. ¿Y qué quiere mi buen vecino? que á fe que me ha quitado el manto de los hombros, que ya me le queria cubrir para buscarle.

Entra el platero.