Por oirle reñir y responder á todos, le seguian siempre muchos, y los muchachos tomaron y tuvieron por mejor partido ántes oille que tiralle.

Pasando pues una vez por la ropería de Salamanca, le dijo una ropera:

—En mi ánima, señor Licenciado, que me pesa de su desgracia; pero ¿qué haré que no puedo llorar?

Él se volvió á ella, y muy mesurado le dijo:

Filiæ Hierusalem, plorate super vos, et super filios vestros.

Entendió el marido de la ropera la malicia del dicho, y díjole:

—Hermano licenciado Vidriera (que así decia él que se llamaba), mas teneis de bellaco que de loco.

—No se me da un ardite, respondió él, como no tenga nada de necio.

Pasando un dia por la casa llana y venta comun[1], vió que estaban á la puerta della muchas de sus moradoras, y dijo que eran bagajes del ejército de Satanas, que estaban alojados en el meson del infierno.

Preguntóle uno, que qué consejo ó consuelo daria á un amigo suyo que estaba muy triste porque su mujer se le habia ido con otro.