Preguntándole por qué, respondió que habia boticario que por no atreverse ni osar decir que faltaba en su botica lo que recetaba el médico, por las cosas que le faltaban ponia otras, que á su parecer tenian la misma virtud y calidad, no siendo así; y con esto la medicina mal compuesta obraba al reves de lo que habia de obrar la bien ordenada. Preguntóle entónces que qué sentia de los médicos, y respondió esto:
—Honora medicum propter necessitatem, etenim creavit eum Altissimus: a Deo enim est omnis medela, et a Rege accipiet donationem: disciplina medici exaltavit caput illius, et in conspectu magnatum collaudabitur: Altissimus de terra creavit medicinam, et vir prudens non abhorrebit illam. Esto dice, dijo, el Eclesiástico, de la medicina y de los buenos médicos, y de los malos se podria decir todo al reves, porque no hay gente mas dañosa á la república que ellos. El juez nos puede torcer ó dilatar la justicia; el letrado sustentar por su interes nuestra injusta demanda; el mercader chuparnos la hacienda; finalmente, todas las personas con quien de necesidad tratamos, nos pueden hacer algun daño; pero quitarnos la vida sin quedar sujetos al temor del castigo, ninguno: solo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y á pié quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe; y no hay descubrirse sus delitos, porque al momento los meten debajo de la tierra: acuérdaseme que cuando yo era hombre de carne, y no de vidrio como agora soy, que á un médico destos de segunda clase le despidió un enfermo por curarse con otro, y el primero de allí á cuatro dias acertó á pasar por la botica donde recetaba el segundo, y preguntó al boticario que cómo le iba al enfermo que él habia dejado, y que si le habia recetado alguna purga el otro médico. El boticario le respondió que allí tenia una receta de purga que el dia siguiente habia de tomar el enfermo; dijo que se la mostrase, y vió que al fin della estaba escrito: sumat diluculo, y dijo: Todo lo que lleva esta purga me contenta, sino es este diluculo, porque es húmido demasiadamente.
Por estas y otras cosas que decia de todos los oficios se andaban tras él sin hacerle mal y sin dejarle sosegar; pero con todo esto no se pudiera defender de los muchachos, si su guardian no le defendiera. Preguntóle uno qué haria para no tener envidia á nadie.
Respondióle:
—Duerme; que todo el tiempo que durmieres, serás igual al que envidias.
Otro le preguntó qué remedio tendria para salir con una comision que habia dos años que la pretendia. Y díjole:
—Parte á caballo y á la mira de quien la lleva, y acompáñale hasta salir de la ciudad, y así saldrás con ella.
Pasó acaso una vez por delante donde él estaba un juez de comision, que iba de camino á una causa criminal, y llevaba mucha gente consigo y dos alguaciles; preguntó quién era, y como se lo dijeron, dijo:
—Yo apostaré que lleva aquel juez víboras en el seno, pistoletes en la tinta y rayos en las manos, para destruir todo lo que alcanzare su comision. Yo me acuerdo haber tenido un amigo que en una comision criminal que tuvo dió una sentencia tan exorbitante, que escedia en muchos quilates á la culpa de los delincuentes: preguntéle que por qué habia dado aquella tan cruel sentencia y hecho tan manifiesta injusticia. Respondióme que pensaba otorgar la apelacion, y que con esto dejaba campo abierto á los señores del consejo para mostrar su misericordia, moderando y poniendo aquella su rigurosa sentencia en su punto y debida proporcion. Yo le respondí que mejor fuera haberla dado de manera que les quitara de aquel trabajo, pues con esto le tuvieran á él por juez recto y acertado.
En la rueda de la mucha gente, que como se ha dicho siempre le estaba oyendo, estaba un conocido suyo en hábito de letrado, al cual otro le llamó señor licenciado, y sabiendo Vidriera que el tal á quien llamaron licenciado no tenia ni aun título de bachiller, le dijo: