—Desdichado del sastre que no miente, y cose las fiestas: cosa maravillosa es, que casi en todos los deste oficio apénas se hallará uno que haga un vestido justo, habiendo tantos que los hagan pecadores.

De los zapateros decia que jamas hacian conforme á su parecer zapato malo; porque si al que se le calzaba venia estrecho y apretado, le decian que así habia de ser por ser de galanes calzar justo, y que en trayéndolos dos horas, vendrian mas anchos que alpargates; y si le venian anchos, decian que así habian de venir por amor de la gota.

Un muchacho agudo, que escribia en un oficio de provincia, le apretaba mucho con preguntas y demandas, y le traia nuevas de lo que en la ciudad pasaba, porque sobre todo discantaba, y á todo respondia. Este le dijo una vez:

—Vidriera, esta noche se murió en la cárcel un banco que estaba condenado á ahorcar.

Á lo cual respondió:

—Él hizo bien á darse priesa á morir ántes que el verdugo se sentara sobre él.

En la acera de San Francisco estaba un corro de genoveses, y pasando por allí, uno dellos le llamó, diciéndole:

—Lléguese acá el señor Vidriera, y cuéntenos un cuento.

Él respondió:

—No quiero, porque no me le paseis á Génova[2].