De los diestros dijo una vez que eran maestros de una ciencia ó arte, que cuando la habian menester no la sabian, y que tocaban algo en presuntuosos, pues querian reducir á demostraciones matemáticas, que son infalibles, los movimientos y pensamientos coléricos de sus contrarios.

Con los que se teñian las barbas tenia particular enemistad; y riñendo una vez delante dél dos hombres, que el uno era portugues, este dijo al castellano, asiéndose de las barbas, que tenia muy teñidas:

—Por istas barbas que teño no rostro.

Á lo cual acudió Vidriera, y dijo:

—Olhay, homen, naon digais teño, sino tiño.

Otro traia las barbas jaspeadas y de muchas colores, culpa de la mala tinta, á quien dijo Vidriera, que tenia las barbas de muladar overo. Á otro que traia las barbas por mitad blancas y negras por haberse descuidado, y los cañones crecidos, le dijo que procurase de no porfiar ni reñir con nadie, porque estaba aparejado á que le dijesen que mentia por la mitad de la barba.

Una vez contó que una doncella discreta y bien entendida, por acudir á la voluntad de sus padres, dió el sí de casarse con un viejo todo cano, el cual la noche ántes del dia del desposorio se fué, no al rio Jordan como dicen las viejas, sino á la redomilla del agua fuerte y plata, con que renovó de manera su barba, que la acostó de nieve y la levantó de pez. Llegóse la hora de darse las manos, y la doncella conoció por la pinta y por la tinta la figura, y dijo á sus padres que le diesen el mismo esposo que ellos le habian mostrado, que no queria otro. Ellos le dijeron que aquel que tenia delante era el mismo que le habian mostrado y dado por esposo. Ella replicó que no era, y trujo testigos como el que sus padres le dieron era un hombre grave y lleno de canas, y que pues el presente no las tenia, no era él, y se llamaba á engaño: atúvose á esto, corrióse el teñido, y deshízose el casamiento.

Con las dueñas tenia la misma ojeriza que con los escabechados: decia maravillas de su permafoy, de las mortajas de sus tocas, de sus muchos melindres, de sus escrúpulos y de su estraordinaria miseria: amohinábanle sus flaquezas de estómago, sus vaguidos de cabeza, su modo de hablar con mas repulgos que sus tocas, y finalmente su inutilidad y sus vainillas.

Uno le dijo:

—¿Qué es esto, señor Licenciado, que os he oido decir mal de muchos oficios, y jamas lo habeis dicho de los escribanos, habiendo tanto que decir?