Oyó Vidriera que dijo un hombre á otro, que así como habia entrado en Valladolid habia caido su mujer muy enferma, porque la habia probado la tierra. Á lo cual dijo Vidriera:
—Mejor fuera que se la hubiera comido, si acaso es celosa.
De los músicos y de los correos de á pié, decia que tenian las esperanzas y las suertes limitadas; porque los unos la acaban con llegar á serlo de á caballo, y los otros con alcanzar á ser músicos del rey.
De las damas que llaman cortesanas, decia que todas ó las mas tenian mas de corteses que de sanas.
Estando un dia en una iglesia vió que traian á enterrar á un viejo, á bautizar á un niño, y á velar á una mujer, todo á un mismo tiempo, y dijo, que los templos eran campos de batalla, donde los viejos acaban, los niños vencen, y las mujeres triunfan.
Picábale una vez una avispa en el cuello, y no se la osaba sacudir por no quebrarse: pero con todo eso se quejaba. Preguntóle uno que cómo sentia aquella avispa si era su cuerpo de vidrio. Y respondió que aquella avispa debia de ser murmuradora, y que las lenguas y picos de los murmuradores eran bastantes á desmoronar cuerpos de bronce, no que de vidrio.
Pasando acaso un religioso muy gordo por donde él estaba dijo uno de sus oyentes:
—De ético no se puede mover el padre.
Enojóse Vidriera, y dijo:
—Nadie se olvide de lo que dice el Espíritu Santo: Nolite tangere christos meos.