Levantábase de mañana, y aguardaba á que el despensero viniese, á quien de la noche ántes por una cédula que ponian en el torno, le avisaban lo que habia de traer otro dia, y en viniendo el despensero, salia de casa Carrizales las mas veces á pié, dejando cerradas las dos puertas, la de la calle y la de en medio, y entre las dos quedaba el negro.
Íbase á sus negocios, que eran pocos, y con brevedad daba la vuelta, y encerrándose, se entretenia en regalar á su esposa y acariciar á sus criadas, que todas le querian bien por ser de condicion llana y agradable; y sobre todo, por mostrarse tan liberal con todas.
Desta manera pasaron un año de noviciado, y hicieron profesion en aquella vida, determinándose de llevarla hasta el fin de las suyas; y así fuera, si el sagaz perturbador del género humano no lo estorbara, como ahora oiréis.
Dígame ahora el que se tuviere por mas discreto y recatado: ¿qué mas prevenciones para su seguridad podia haber hecho el anciano Felipe, pues aun no consintió que dentro de su casa hubiese algun animal que fuese varon? Á los ratones della jamas los persiguió gato, ni en ella se oyó ladrido de perro, todos eran del género femenino: de dia pensaba, y de noche no dormia: él era la ronda y centinela de su casa, y el Argos de lo que bien queria: jamas entró hombre de la puerta adentro del patio: con sus amigos negociaba en la calle: las figuras de los paños que sus salas y cuadros adornaban, todas eran hembras, flores y boscajes: toda su casa olia á honestidad, recogimiento y recato, aun hasta en las consejas, que en las largas noches del invierno en la chimenea sus criadas contaban; por estar él presente en ninguna ningun género de lascivia se descubria: la plata de las canas del viejo á los ojos de Leonora parecian cabellos de oro puro, porque el amor primero que las doncellas tienen se les imprime en el alma, como el sello en la cera: su demasiada guarda le parecia advertido recato: pensaba y creia que lo que ella pasaba, pasaban todas las recien casadas: no se desmandaban sus pensamientos á salir de las paredes de su casa, ni su voluntad deseaba otra cosa mas de aquella que la de su marido queria: solo los dias que iba á misa veia las calles, y esto era tan de mañana, que si no era al volver de la iglesia, no habia luz para mirallas.
No se vió monasterio tan cerrado, ni monjas mas recogidas, ni manzanas de oro tan guardadas; y con todo esto, no pudo en ninguna manera prevenir ni escusar de caer en lo que recelaba: á lo ménos en pensar que habia caido.
Hay en Sevilla un género de gente ociosa y holgazana, á quien comunmente suelen llamar gente de barrio: estos son los hijos de vecino de cada colacion y de los mas ricos della, gente baldía, atildada y melíflua; de la cual, y de su traje y manera de vivir, de su condicion y de las leyes que guardan entre sí, habia mucho que decir; pero por buenos respetos se deja.
Uno destos galanes pues, que entre ellos es llamado virote, mozo soltero (que á los recien casados llaman matones), acertó á mirar la casa del recatado Carrizales; y viéndola siempre cerrada, le tomó gana de saber quién vivia dentro; y con tanto ahinco y curiosidad hizo la diligencia, que de todo en todo vino á saber lo que deseaba.
Supo la condicion del viejo, la hermosura de su esposa, y el modo que tenia en guardarla: todo lo cual le encendió el deseo de ver si seria posible espugnar por fuerza ó por industria fortaleza tan guardada: y comunicándolo con dos virotes y un maton, sus amigos, acordaron que se pusiese por obra; que nunca para tales obras faltan consejeros y ayudadores.
Dificultaban el modo que se tendria para intentar tan dificultosa hazaña; y habiendo entrado en bureo muchas veces, convinieron en esto: que fingiendo Loaysa, que así se llamaba el virote, que iba fuera de la ciudad por algunos dias, se quitase de los ojos de sus amigos, como lo hizo; y hecho esto, se puso unos calzones de lienzo limpio, y camisa limpia, pero encima se puso unos vestidos tan rotos y remendados, que ningun pobre en toda la ciudad los traia tan astrosos: quitóse un poco de barba que tenia, cubrióse un ojo con un parche, vendóse una pierna estrechamente, y arrimándose á dos muletas, se convirtió en un pobre tullido, tal que el mas verdadero estropeado no se le igualaba.
Con este talle se ponia cada noche á la oracion á la puerta de la casa de Carrizales, que ya estaba cerrada, quedando el negro, que Luis se llamaba, cerrado entre las dos puertas. Puesto allí Loaysa, sacaba una guitarrilla algo grasienta y falta de algunas cuerdas, y como él era algo músico, comenzaba á tañer algunos sones alegres y regocijados, mudando la voz por no ser conocido. Con esto se daba priesa á cantar romances de moros y moras á la loquesca, con tanta gracia, que cuantos pasaban por la calle se ponian á escucharle, y siempre en tanto que cantaba, estaba rodeado de muchachos, y Luis, el negro, poniendo los oidos por entre las puertas, estaba colgado de la música del virote, y diera un brazo por poder abrir la puerta y escucharle mas á su placer: tal es la inclinacion que los negros tienen á ser músicos. Y cuando Loaysa queria que los que le escuchaban le dejasen, dejaba de cantar, y recogia su guitarra, y acogiéndose á sus muletas, se iba.