La Argüello, que estaba atenta desde el corredor á todas estas pláticas, oyendo decir á Avendaño, que él fiaba á su compañero, dijo:

—Dígame, gentilhombre, y ¿quién le ha de fiar á él? que en verdad que me parece que mas necesidad tiene de ser fiado que de ser fiador.

—Calla, Argüello, dijo el huésped, no te metas donde no te llaman, yo los fio á entrambos, y por vida de vosotras, que no tengais dares ni tomares con los mozos de casa, que por vosotras se me van todos.

—Pues ¿qué? dijo otra moza ¿ya se quedan en casa estos mancebos? Para mi santiguada, que si yo fuera camino con ellos, que nunca les fiara la bota.

—Déjese de chocarrerías, señora gallega, respondió el huésped, y haga su hacienda, y no se entremeta con los mozos, que la moleré á palos.

—Por cierto sí, replicó la gallega, ¡mirad que joyas para codiciallas! Pues en verdad que no me ha hallado el señor mi amo tan juguetona con los mozos de casa ni de fuera para tenerme en la mala piñon que me tiene: ellos son bellacos, y se van cuando se les antoja, sin que nosotras les demos ocasion alguna: bonica gente es ella por cierto, para tener necesidad de apetitos que les inciten á dar un madrugon á sus amos cuando ménos se percatan.

—Mucho hablais, gallega hermana, respondió su amo: punto en boca, y atended á lo que teneis á vuestro cargo.

Ya en esto tenia Carriazo enjaezado el asno, y subiendo en él de un brinco, se encaminó al rio, dejando á Avendaño muy alegre de haber visto su gallarda resolucion.

Hé aquí tenemos ya (en buen hora se cuente) á Avendaño hecho mozo de meson, con nombre de Tomas Pedro, que así dijo que se llamaba, y á Carriazo, con el de Lope asturiano, hecho aguador: transformaciones dignas de anteponerse á las del narigudo poeta.

Á malas penas acabó de entender la Argüello que los dos se quedaban en casa, cuando hizo designio sobre el asturiano, y le marcó por suyo, determinándose á regalarle de suerte, que aunque él fuese de condicion esquiva y retirada, le volviese mas blando que un guante. El mismo discurso hizo la gallega melindrosa sobre Avendaño, y como las dos por trato y conversacion y por dormir juntas fuesen grandes amigas, al punto declaró la una á la otra su determinacion amorosa, y desde aquella noche determinaron de dar principio á la conquista de sus dos desapasionados amantes; pero lo primero que advirtieron fué en que les habian de pedir que no las habian de pedir celos por cosas que las viesen hacer de sus personas, porque mal pueden regalar las mozas á los de dentro, si no hacen tributarios á los de fuera de casa.