—Callad hermanos, decian ellas (como si los tuvieran presentes y fueran ya sus verdaderos mancebos ó amancebados), callad y tapáos los ojos, y dejad tocar el pandero á quien sabe, y que guie la danza quien la entiende, y no habrá par de canónigos mas regalados que vosotros lo seréis destas tributarias vuestras.
Estas y otras razones desta sustancia y jaez dijeron la gallega y la Argüello. Y en tanto caminaba nuestro buen Lope asturiano la vuelta del rio por la cuesta del Cármen, puestos los pensamientos en sus almadrabas y en la súbita mutacion de su estado: ó ya fuese por esto ó porque la suerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar de la cuesta encontró con un asno de un aguador que subia cargado, y como él descendia y su asno era gallardo, bien dispuesto y poco trabajado, tal encuentro dió al cansado y flaco que subia, que dió con él en el suelo, y por haberse quebrado los cántaros se derramó tambien el agua, por cuya desgracia el aguador antiguo despechado y lleno de cólera arremetió al aguador moderno, que aun se estaba caballero, y ántes que se desenvolviese y apease, le habia pegado y atentado una docena de palos tales, que no le supieron bien al asturiano.
Apeóse en fin, pero con tan malas entrañas, que arremetió á su enemigo, y asiéndole con ambas manos por la garganta dió con él en el suelo, y tal golpe dió con la cabeza sobre una piedra, que se la abrió por dos partes, saliendo tanta sangre que pensó que le habia muerto.
Otros muchos aguadores que allí venian, como vieron á su compañero tan mal parado, arremetieron á Lope, y tuviéronle asido fuertemente, gritando.
—Justicia, justicia, que este aguador ha muerto un hombre.
Y á vuelta destas razones y gritos le molian á mojicones y á palos. Otros acudieron al caido, y vieron que tenia hendida la cabeza, y que casi estaba espirando. Subieron las voces de boca en boca por la cuesta arriba, y en la plaza del Cármen dieron en los oidos de un alguacil, el cual con dos corchetes, con mas lijereza que si volara, se puso en el lugar de la pendencia á tiempo que ya el herido estaba atravesado sobre su asno, y el de Lope asido, y Lope rodeado de mas de veinte aguadores que no le dejaban menear, ántes le brumaban las costillas de manera que mas se pudiera temer de su vida que de la del herido, segun menudeaban sobre él los puños y las varas aquellos vengadores de la ajena injuria.
Llegó el alguacil, apartó la gente, entregó á sus corchetes al asturiano, y antecogiendo á su asno, y al herido sobre el suyo, dió con ellos en la cárcel, acompañado de tanta gente y de tantos muchachos que le seguian, que apénas podia hender por las calles.
Al rumor de la gente salió Tomas Pedro y su amo á la puerta de casa á ver de qué procedia tanta grita, y descubrieron á Lope entre los dos corchetes, lleno de sangre el rostro y la boca: miró luego por su asno el huésped, y vióle en poder de otro corchete que ya se les habia juntado: preguntó la causa de aquellas prisiones, fuéle respondida la verdad del suceso, pesóle por su asno, temiendo que le habia de perder ó á lo ménos de hacer mas costas por cobrarle que él valia.
Tomas Pedro siguió á su compañero, sin que le dejasen llegar á hablarle una palabra: tanta era la gente que lo impedia y el recato de los corchetes y del alguacil que le llevaba. Finalmente, no le dejó hasta verle poner en la cárcel y en un calabozo con dos pares de grillos, y al herido en la enfermería, donde se halló á verle curar, y vió que la herida era peligrosa y mucho, y lo mismo dijo el cirujano.
El alguacil se llevó á su casa los dos asnos, y mas cinco reales de á ocho, que los corchetes habian quitado á Lope.