«Señora de mi alma: Yo soy un caballero natural de Búrgos: si alcanzo de dias á mi padre, heredo un mayorazgo de seis mil ducados de renta: á la fama de vuestra hermosura, que por muchas leguas se estiende, dejé mi patria, mudé vestido, y en el traje que me veis, vine á servir á vuestro dueño: si vos lo quisiéredes ser mio, por los medios que mas á vuestra honestidad convengan, mirad qué pruebas quereis que haga para enteraros desta verdad; y enterada en ella, siendo gusto vuestro, seré vuestro esposo, y me tendré por el mas bien afortunado del mundo: solo por ahora os pido que no echeis tan enamorados y limpios pensamientos como los mios en la calle; que si vuestro dueño lo sabe, y no los cree, me condenará á destierro de vuestra presencia, que seria lo mismo que condenarme á muerte: dejadme, señora, que os vea, hasta que me creais, considerando que no merece el riguroso castigo de no veros el que no ha cometido otra culpa que adoraros: con los ojos podréis responderme á hurto de los muchos que siempre os están mirando; que ellos son tales que airados matan, y piadosos resucitan.»

En tanto que Tomas entendió que Costanza se habia ido á leer su papel, le estuvo palpitando el corazon, temiendo y esperando ó ya la sentencia de su muerte, ó la restauracion de su vida. Salió en esto Costanza tan hermosa, aunque rebozada, que si pudiera recebir aumento su hermosura con algun accidente, se pudiera juzgar que el sobresalto de haber visto en el papel de Tomas otra cosa tan léjos de la que pensaba, habia acrecentado su belleza. Salió con el papel entre las manos hecho menudas piezas, y dijo á Tomas, que apénas se podia tener en pié:

—Hermano Tomas, esta tu oracion mas parece hechicería y embuste, que oracion santa, y así yo no la quiero creer ni usar, y por eso la he rasgado, porque no la vea nadie que sea mas crédula que yo: aprende otras oraciones mas fáciles, porque esta será imposible que te sea de provecho.

En diciendo esto se entró con su ama, y Tomas quedó suspenso; pero algo consolado, viendo que en solo el pecho de Costanza quedaba el secreto de su deseo, pareciéndole que pues no habia dado cuenta dél á su amo, por lo ménos no estaba en peligro de que le echasen de casa. Parecióle que en el primero paso que habia dado en su pretension, habia atropellado por mil montes de inconvenientes, y que en las cosas grandes y dudosas la mayor dificultad está en los principios.

En tanto que esto sucedió en la posada, andaba el asturiano comprando el asno donde los vendian: y aunque halló muchos, ninguno le satisfizo, puesto que un jitano anduvo muy solícito por encajalle uno que mas caminaba por el azogue que le habia echado en los oidos, que por lijereza suya; pero lo que contentaba con el paso, desagradaba con el cuerpo, que era muy pequeño, y no del grandor y talle que Lope queria, que le buscaba suficiente para llevarle á él por añadidura, ora fuesen vacíos ó llenos los cántaros.

Llegóse á él en esto un mozo, y díjole al oido:

—Galan, si busca bestia cómoda para el oficio de aguador, yo tengo un asno aquí cerca en un prado, que no le hay mejor ni mayor en la ciudad, y aconséjole que no compre bestia de jitanos, porque aunque parezcan sanas y buenas, todas son falsas y llenas de dolamas; si quiere comprar la que le conviene, véngase conmigo y calle la boca.

Creyóle el asturiano, y díjole que guiase adonde estaba el asno que tanto encarecia. Fuéronse los dos mano á mano, como dicen, hasta que llegaron á la huerta del Rey, donde á la sombra de una azuda hallaron muchos aguadores, cuyos asnos pacian en un prado que allí cerca estaba. Mostró el vendedor su asno, tal, que le hinchó el ojo al asturiano, y de todos los que allí estaban fué alabado el asno de fuerte, de caminador y comedor sobremanera. Hicieron su concierto, y sin otra seguridad ni informacion, siendo corredores y medianeros los demas aguadores, dió diez y seis ducados por el asno, con todos los adherentes del oficio.

Hizo la paga real en escudos de oro. Diéronle el parabien de la compra y de la entrada en el oficio, y certificáronle que habia comprado un asno dichosísimo, porque el dueño que le dejaba, sin que se le mancase ni matase, habia ganado con él en ménos tiempo de un año, despues de haberse sustentado á él y al asno honradamente, dos pares de vestidos, y mas aquellos diez y seis ducados con que pensaba volver á su tierra, donde le tenian concertado un casamiento con una media parienta suya.

Amen de los corredores del asno, estaban otros cuatro aguadores jugando á la primera, tendidos en el suelo, sirviéndoles de bufete la tierra y de sobremesa sus capas. Púsose el asturiano á mirarlos, y vió que no jugaban como aguadores, sino como arcedianos, porque tenia de resto cada uno mas de cien reales en cuartos y en plata. Llegó una mano de echar todos el resto; y si uno no diera partido á otro, él hiciera mesa gallega. Finalmente, á los dos en aquel resto se les acabó el dinero y se levantaron. Viendo lo cual el vendedor del asno, dijo que si hubiera cuatro, que él jugara, porque era enemigo de jugar en tercio. El asturiano, que era de propiedad del azúcar, que jamas gastó menestra, como dice el italiano, dijo que él haria cuarto. Sentáronse luego, anduvo la cosa de buena manera, y queriendo jugar ántes el dinero que el tiempo, en poco rato perdió Lope seis escudos que tenia; y viéndose sin blanca, dijo que si le querian jugar el asno, que él le jugaria. Acetáronle el envite, y hizo de resto un cuarto del asno, diciendo que por cuartos queria jugarle. Dióle tan mal, que en cuatro restos consecutivamente perdió los cuatro cuartos del asno, y ganóselos el mismo que se le habia vendido; y levantándose para volverse á entregarse en él, dijo el asturiano que advirtiesen que él solamente habia jugado los cuatro cuartos del asno, pero la cola que se la diesen, y se le llevasen norabuena.