Causóles risa á todos la demanda de la cola; y hubo letrados que fueron de parecer que no tenia razon en lo que pedia, diciendo que cuando se vende un carnero ó otra res alguna, no se saca ni quita la cola, que con uno de los cuartos traseros ha de ir forzosamente. Á lo cual replicó Lope que los carneros de Berbería ordinariamente tienen cinco cuartos, y que el quinto es la cola; y cuando los tales carneros se cuartean, tanto vale la cola como cualquier cuarto; y que á lo de ir la cola junto con la res que se vende viva y no se cuartea, que lo concedia; pero que la suya no fué vendida, sino jugada, y que nunca su intencion fué jugar la cola, y que al punto se la volviesen luego con todo lo á ella anejo y concerniente, que era desde la punta del celebro, con toda la osamenta del espinazo, donde ella tomaba principio y descendia, hasta parar en los últimos pelos della.

—Dadme vos, dijo uno, que ello sea así como decís, y que os la den como la pedís, y sentáos junto á lo que del asno queda.

—Pues así es, replicó Lope, venga mi cola; si no, por Dios que no me lleven el asno, si bien viniesen por él cuantos aguadores hay en el mundo; y no piensen que por ser tantos los que aquí están, me han de hacer superchería, porque soy yo un hombre que me sabré llegar á otro hombre, y meterle dos palmos de daga por las tripas, sin que sepa de quién, por dónde ó cómo le vino; y mas, que no quiero que me paguen la cola rata por cantidad, sino que quiero que me la den en ser, y la corten del asno como tengo dicho.

Al ganancioso y á los demas les pareció no ser bien llevar aquel negocio por fuerza, porque juzgaron ser de tal brio el asturiano, que no consentiria que se la hiciesen; el cual, como estaba hecho al trato de las almadrabas, donde se ejercita todo género de rumbo y jácara, y de estraordinarios juramentos y votos, voleó allí el capelo y empuñó un puñal que debajo del capotillo traia, y púsose en tal postura, que infundió temor y respeto en toda aquella aguadora compañía. Finalmente, uno dellos, que parecia de mas razon y discurso, los concertó en que se echase la cola contra un cuarto del asno á una quínola, ó á dos y pasante. Fueron contentos, ganó la quínola Lope, picóse el otro, echó el otro cuarto, y á otras tres manos quedó sin asno. Quiso jugar el dinero, no queria Lope, pero tanto le porfiaron todos, que lo hubo de hacer, con que hizo el viaje del desposado, dejándole sin un solo maravedí; y fué tanta la pesadumbre que desto recebió el perdidoso, que se arrojó en el suelo, y comenzó á darse de calabazas por la tierra. Lope, como bien nacido, y como liberal y compasivo, le levantó, y le volvió todo el dinero que le habia ganado, y los diez y seis ducados del asno, y aun de los que él tenia repartió con los circunstantes, cuya estraña liberalidad pasmó á todos: y si fueran los tiempos y las ocasiones del Tamorlan, le alzaran por rey de los aguadores.

Con grande acompañamiento volvió Lope á la ciudad, donde contó á Tomas lo sucedido, y Tomas asimismo le dió cuenta de sus buenos sucesos. No quedó taberna, ni bodegon, ni junta de pícaros donde no se supiese el juego del asno, el desquite por la cola, y el brio y la liberalidad del asturiano; pero como la mala bestia del vulgo por la mayor parte es mala, maldita y maldiciente, no tomó de memoria la liberalidad, brio y buenas partes del gran Lope, sino solamente la cola; y así apénas hubo andado dos dias por la ciudad echando agua, cuando se vió señalar de muchos con el dedo que decian: Este es el aguador de la cola. Estuvieron los muchachos atentos, supieron el caso, y no habia asomado Lope por la entrada de cualquiera calle, cuando por toda ella le gritaban, quién de aquí, y quién de allí: Asturiano, daca la cola, daca la cola, asturiano.

Lope, que se vió asaetear de tantas lenguas y con tantas voces, dió en callar, creyendo que en su mucho silencio se anegara tanta insolencia; mas ni por esas, pues miéntras mas callaba, mas los muchachos gritaban; y así probó á mudar su paciencia en cólera, y apeándose del asno, dió á palos tras los muchachos, que fué afinar el polvorin y ponerle fuego, y fué otro cortar las cabezas de la serpiente, pues en lugar de una que quitaba, apaleando á algun muchacho, nacian en el mismo instante no otras siete sino setecientas, que con mayor ahinco y menudeo le pedian la cola. Finalmente, tuvo por bien de retirarse á una posada, que habia tomado fuera de la de su compañero, por huir de la Argüello, y de estarse en ella hasta que la influencia de aquel mal planeta pasase, y se borrase de la memoria de los muchachos aquella demanda mala de la cola, que le pedian.

Seis dias se pasaron sin que saliese de casa, sino era de noche, que iba á ver á Tomas, y á preguntarle del estado en que se hallaba, el cual le contó que despues que habia dado el papel á Costanza, nunca mas habia podido hablarla una sola palabra, y que le parecia que andaba mas recatada que solia, puesto que una vez tuvo lugar de llegar á hablarle, y viéndolo ella le habia dicho ántes que llegase:

—Tomas, no me duele nada, y así ni tengo necesidad de tus palabras, ni de tus oraciones: conténtate, que no te acuso á la Inquisicion, y no te canses.

Pero que estas razones las dijo sin mostrar ira en los ojos, ni otro desabrimiento que pudiera dar indicio de riguridad alguna. Lope le contó á él la priesa que le daban los muchachos pidiéndole la cola, porque él habia pedido la de su asno, con que hizo el famoso desquite. Aconsejóle Tomas que no saliese de casa, á lo ménos sobre el asno, y que si saliese, fuese por las calles solas y apartadas, y que cuando esto no bastase, bastaria dejar el oficio, último remedio de poner fin á tan poco honesta demanda. Preguntóle Lope si habia acudido mas la gallega. Tomas dijo que no; pero que no dejaba de sobornarle la voluntad con regalos y presentes de lo que hurtaba en la cocina á los huéspedes. Retiróse con esto á su posada Lope con determinacion de no salir della en otros seis dias, á lo ménos con el asno.

Las once serian de la noche, cuando de improviso y sin pensarlo vieron entrar en la posada muchas varas de justicia, y al cabo el corregidor. Alborotóse el huésped, y aun los huéspedes; porque así como los cometas cuando se muestran, siempre causan temores de desgracias é infortunios, ni mas ni ménos la justicia, cuando de repente y de tropel se entra en una casa, sobresalta y atemoriza hasta las conciencias no culpadas. Entróse el corregidor en una sala, llamó al huésped de casa, el cual vino temblando á ver lo que el señor corregidor queria. Y así como le vió el corregidor le preguntó con mucha gravedad: