—¿Sois vos el huésped?

—Sí, señor, respondió él, para lo que vuesa merced me quisiere mandar.

Mandó el corregidor que saliesen de la sala todos los que en ella estaban, y que le dejasen solo con el huésped. Hiciéronlo así, y quedándose solos, dijo el corregidor al huésped:

—Huésped, ¿qué gente de servicio teneis en esta vuestra posada?

—Señor, respondió él, tengo dos mozas gallegas, y una ama y un mozo que tiene cuenta con dar la cebada y paja.

—¿No mas? replicó el corregidor.

—No, señor, respondió el huésped.

—Pues decidme, huésped, dijo el corregidor, ¿dónde está una muchacha que dicen que sirve en esta casa, tan hermosa, que por toda la ciudad la llaman la Ilustre Fregona, y aun me han llegado á decir que mi hijo D. Periquito es su enamorado, y que no hay noche que no le dé músicas?

—Señor, respondió el huésped, esa Fregona ilustre que dicen, es verdad que está en esta casa; pero ni es mi criada, ni deja de serlo.

—No entiendo lo que decís, huésped, en eso de ser y no ser vuestra criada la Fregona.