Aquí salen con cargas de ropa por una parte y éntranse, por otra.

Vuelve al triste espectáculo la vista;
Verás con cuánta priesa y cuánta gana
Toda Numancia en numerosa vista
Aguija a sustentar la llama insana;
Y no con verde leño o seca arista,
No con materia al consumir liviana,
Sino con sus haciendas mal gozadas,
Pues se guardaron para ser quemadas.
N.1.° Si con esto acabara nuestro daño,
Pudiéramos llevallo con paciencia;
Mas, ¡ay!, que se ha de dar, si no me engaño,
De que muramos todos cruel sentencia.
¡Primero que el rigor bárbaro extraño
Muestre en nuestras gargantas su inclemencia,
Verdugos de nosotros nuestras manos
Serán, y no los pérfidos romanos!
Han ordenado que no quede alguna
Mujer, niño ni viejo con la vida,
Pues al fin la cruel hambre importuna
Con más fiero rigor es su homicida.

Sale una mujer con una criatura en los brazos y otra de la mano, y ropa para echar en el fuego.

MADR. ¡Oh duro vivir molesto!
¡Terrible y triste agonía!
HIJO. Madre, ¿por ventura, habría
Quien nos diese pan por esto?
MADR. ¿Pan, hijo? ¡Ni aun otra cosa
Que semeje de comer!
HIJO. Pues ¿tengo de fenecer
De dura hambre rabiosa?
¡Con poco pan que me deis,
Madre, no os pediré más!
MADR. Hijo, ¡qué pena me das!
HIJO. ¿Por qué, madre, no queréis?
MADR. Sí quiero; mas ¿qué haré,
Que no sé donde buscallo?
HIJO. Bien podréis, madre, comprallo;
Si no, yo lo compraré.
Mas, por quitarme de afán,
Si alguno conmigo topa,
Le daré toda esta ropa
Por un pedazo de pan.
MADR. ¿Qué mamas, triste criatura?
¿No sientes que, a mi despecho,
Sacas ya del flaco pecho,
Por leche, la sangre pura?
Lleva la carne a pedazos,
Y procura de hartarte,
Que no pueden ya llevarte
Mis flacos, cansados brazos.
Hijos, mi dulce alegría,
¿Con qué os podré sustentar,
Si apenas tengo qué os dar
De la propia sangre mía?
¡Oh hambre terrible y fuerte,
Cómo me acabas la vida!
¡Oh guerra, sólo venida
Para causarme la muerte!
HIJO. ¡Madre mía, que me fino!
Aguijemos. ¿A dó vamos,
Que parece que alargamos
La hambre con el camino?
MADR. Hijo, cerca está la plaza
Adonde echaremos luego
En mitad del vivo fuego
El peso que te embaraza.

[JORNADA CUARTA]

Tocan al arma con gran priesa, y a este rumor sale CIPIÓN, y IUGURTA, y MARIO, alborotados.

CIP. ¿ Qué es esto, capitanes? ¿Quién nos toca
Al arma en tal sazón? ¿Es, por ventura,
Alguna gente desmandada y loca
Que viene a demandar su sepoltura?
Mas no sea algún motín el que provoca
Tocar al arma en recia coyuntura:
Que tan seguro estoy del enemigo,
Que tengo más temor al que es amigo.

Sale QUINTO FABIO con el espada desnuda, y dice:

QUIN. Sosiega el pecho, general prudente,
Que ya de esta arma la ocación se sabe,
Puesto que ha sido a costa de tu gente,
De aquel en quien más brío o fuerza cabe.
Dos numantinos con soberbia frente,
Cuyo valor será razón se alabe,
Saltando el ancho foso y la muralla,
Han movido a tu campo cruel batalla.
A las primeras guardas envistieron,
Y en medio de mil lanzas se arrojaron,
Y con tal furia y rabia arremetieron,
Que libre paso al campo les dejaron.
Las tiendas de Fabricio acometieron,
Y allí su fuerza y su valor mostraron
De modo, que en un punto seis soldados
Fueron de agudas puntas traspasados.
Con presta diligencia discurriendo
Iban de tienda en tienda, hasta que hallaron
Un poco de bizcocho, el cual cogieron;
El paso, y no el furor, atrás tornaron.
El uno de ellos se escapó huyendo;
nbsp; Al otro mil espadas le acabaron,
Por donde infiero que la hambre ha sido
Quien les dió atrevimiento tan subido.
CIP. Si, estando deshambridos y encerrados,
Muestran tan demasiado atrevimiento,
¿Qué hicieran siendo libres y enterados
En sus fuerzas primeras y ardimiento?
¡Indómitos! ¡Al fin seréis domados,
Porque contra el furor vuestro violento
Se tiene de poner la industria nuestra,
Que de domar soberbios es maestra!

Vanse todos.