Sale una mujer, armada con una lanza en la mano y un escudo, que significa la GUERRA, y trae consigo la ENFERMEDAD y la HAMBRE: la ENFERMEDAD arrimada a una muleta y rodeada de paños la cabeza, con una máscara amarilla; y la HAMBRE saldrá con un desnudillo de muerte, y encima, una ropa de bocací amarilla y una máscara descolorida.
GUERR. Hambre, Enfermedad, ejecutores
De mis terribles mandos y severos,
De vidas y salud consumidores,
Con quien no vale ruego, mando o fieros,
Pues ya de mi intención sois sabidores,
No hay para qué de nuevo encareceros
De cuánto gusto me será y contento
Que luego, luego, hagáis mi mandamiento.
La fuerza incontrastable de los hados,
Cuyos efectos nunca salen vanos,
Me fuerzan que de mí sean ayudados
Estos sagaces mílites romanos.
Ellos serán un tiempo levantados,
Y abatidos también estos hispanos;
Pero tiempo vendrá en que yo me mude,
Y dañe al alto y al pequeño ayude;
Que yo, que soy la poderosa Guerra,
De tantas madres desterrada en vano,
Aunque quien me maldice a veces yerra,
Pues no sabe el valor de esta mi mano,
Sé bien que en todo el orbe de la tierra,
Seré llevada del valor hispano
En la dulce ocasión que estén reinando
Un Carlos, y un Filipo, y un Fernando.
ENF. Si ya la Hambre, nuestra amiga querida.
No hubiera tomado con instancia
A su cargo de ser fiera homicida
De todos cuantos viven en Numancia,
Fuera de mí tu voluntad cumplida,
De modo que se viera la ganancia
Fácil y rica que el romano hubiera,
Harto mejor de aquello que se espera.
Mas ella, en cuanto su poder alcanza,
Ya tiene tal el pueblo numantino,
Que de esperar alguna buena andanza,
Le ha tomado las sendas y el camino;
Mas del furor la rigurosa lanza,
La influencia del contrario sino,
Le trata con tan áspera violencia,
Que no es menester hambre ni dolencia.
El Furor y la Rabia, tus secuaces,
Han tomado en su pecho tal asiento,
Que, cual si fuese de romanas haces,
Cada cual de esa sangre está sediento.
Muertos, incendios, iras son sus paces;
En el morir han puesto su contento,
Y, por quitar el triunfo a los romanos,
Ellos mesmos se matan con sus manos.
HAMBR. Volved los ojos, y veréis ardiendo
De la ciudad los encumbrados techos.
Escuchad los suspiros que saliendo
Van de mil tristes, lastimados pechos.
Oíd la voz y lamentable estruendo
De bellas damas a quien, ya deshechos
Los tiernos miembros de ceniza y fuego,
No valen padre, amigo, amor ni ruego.
Cual salen las ovejas descuidadas,
Siendo del fiero lobo acometidas,
Andar aquí y allí descarriadas,
Con temor de perder las simples vidas,
Tal niños y mujeres desdichadas,
Viendo ya las espadas homicidas,
Andan de calle en calle, ¡oh hado insano!,
Su cierta muerte dilatando en vano.
No hay plaza, no hay rincón, no hay calle o casa
Que de sangre y de muertos no esté llena;
El hierro mata, el duro fuego abrasa,
Y el rigor ferocísimo condena.
Presto veréis que por el suelo tasa
Hasta la más subida y alta almena,
Y las casas y templos más preciados
En polvo y en cenizas son tornados.
Venid; veréis que en los amados cuellos
De tiernos hijos y mujer querida,
Teogenes afila agora y prueba en ellos
De su espada cruel corte homicida,
Y cómo ya, después de muertos ellos,
Estima en poco la cansada vida,
Buscando de morir un modo extraño,
Que causó en el suyo más de un daño.
GUERR. Vamos, pues, y ninguno se descuide
De ejecutar por eso aquí su fuerza,
Y a lo que digo sólo atienda y cuide,
Sin que de mi intención un punto tuerza.
Vanse, y sale TEÓGENES con dos espadas desnudas y ensangrentadas las manos.
TEÓG. Sangre de mis entrañas derramada,
Pues sois aquella de los hijos míos;
Mano, contra ti mesma acelerada,
Llena de honrosos y crueles bríos;
Fortuna, en daño mío conjurada;
Cielos, de justa piedad vacíos:
Ofrecedme en tan dura, amarga suerte,
Alguna honrosa, aunque cercana muerte.
Valientes numantinos, haced cuenta
Que yo soy algún pérfido romano,
Y vengad en mi pecho vuestra afrenta,
Ensangrentando en él espada y mano.
Una de estas espadas os presenta
Mi airada furia y mi dolor insano;
Que, muriendo en batalla, no se siente
Tanto el rigor del último accidente.
Vase, y sale CIPIÓN, y IUGURTA, y QUINTO FABIO, y MARIO, y ERMILIO y otros soldados romanos.
CIP. Si no me engaña el pensamiento mío,
O salen mentirosas las señales
Que habéis visto en Numancia, del estruendo
Y lamentable son, y ardiente llama,
Sin duda alguna que recelo y temo
Que el bárbaro furor del enemigo
Contra su propio pecho no se vuelva.
Ya no parece gente en la muralla,
Ni suenan las usadas centinelas;
Todo está en calma y en silencio puesto,
Como si en paz tranquila y sosegada
Estuviesen los fieros numantinos.
MAR. Presto podrás salir de aquesa duda,
Porque, si tú lo quieres, yo me ofrezco
De subir sobre el muro, aunque me ponga
Al riguroso trance que se ofrece,
Sólo por ver aquello que en Numancia
Hacen nuestros soberbios enemigos.
CIP. Arrima, pues, ¡oh Mario!, alguna escala
A la muralla, y haz lo que prometes.
MAR. Id por la escala luego, y vos, Ermilio,
Haced que mi rodela se me traiga,
Y la celada blanca de las plumas;
Que a fe que tengo de perder la vida
O sacar de esta duda al campo todo.
ERM. Ves aquí la rodela y la celada;
La escala vesla allí: la trajo Limpio.
MAR. Encomiéndame a Júpiter inmenso,
Que yo voy a cumplir lo prometido.
IUG. Alza más la rodela, Mario,
Encoge el cuerpo, y encubre la cabeza.
¡Animo, que ya llegas a lo alto!
¿Qué ves?
MAR. !Oh santos dioses! Y ¿ qué es esto?
IUG. ¿De qué te admiras?
MAR. De mirar de sangre
Un rojo lago, y de ver mil cuerpos
Tendidos por las calles de Numancia,
De mil agudas puntas traspasados.
CIP. ¿Qué? ¿No hay ninguno vivo?
MAR. ¡Ni por pienso!
A lo menos, ninguno se me ofrece
En todo cuanto alcanzo con la vista.
CIP. Salta, pues, dentro, y mira por tu vida.
Salta MARIO en la ciudad. Síguele Iugurta y al poco rato torna a salir el primero por la muralla, y dice:
MAR. En balde, ilustre general prudente,
Han sido nuestras fuerzas ocupadas.
En balde te has mostrado diligente,
Pues en humo y en viento son tornadas
Las ciertas esperanzas de victoria,
De tu industria contino aseguradas.
En lamentable fin la triste historia
De la ciudad invicta de Numancia
Merece ser eterna en la memoria;
Sacado han de su pérdida ganancia;
Quitádote han el triunfo de las manos,
Muriendo con magnánima constancia;
Nuestros disinios han salido vanos,
Pues ha podido más su honroso intento
Que toda la potencia de romanos.
El fatigado pueblo en fin violento
Acaba la miseria de su vida,
Dando triste remate al largo cuento.
Numancia está en un lago convertida,
De roja sangre y de mil cuerpos llena,
De quien fué su rigor propio homicida.
De la pesada y sin igual cadena
Dura de esclavitud se han escapado
Con presta audacia, de temor ajena.
En medio de la plaza levantado
Está un ardiente fuego temeroso,
De sus cuerpos y haciendas sustentado.
Al tiempo llegué a verlo, que el furioso
Teogenes, valiente numantino,
De fenecer su vida deseoso,
Maldiciendo su corto amargo sino,
En medio se arrojaba de la llama,
Lleno de temerario desatino,
Y al arrojarse dijo: "Clara fama,
Ocupa aquí tus lenguas y tus ojos
En esta hazaña, que a contar te llama.
¡Venid, romanos, ya por los despojos
Desta ciudad, en polvo y humo vueltos,
Y sus flores y frutos en abrojos!"
De allí, con pies y pensamientos sueltos,
Gran parte de la tierra he rodeado,
Por las calles y pasos más revueltos,
Y un solo numantino no he hallado
Que poderte traer vivo siquiera,
Para que fueras dél bien informado
Por qué ocasión, de qué suerte o manera
Acometieron tan grave desvarío,
Apresurando la mortal carrera.
CIP. ¿Estaba, por ventura, el pecho mío
De bárbara arrogancia y muertes lleno,
Y de piedad justísima vacío?
¿Es de mi condición, por dicha, ajeno
Usar benignidad con el rendido,
Como conviene al vencedor que es bueno?
¡Mal, por cierto, tenían conocido
El valor en Numancia de mi pecho,
Para vencer y perdonar nacido!
QUIN. Iugurta te hará más satisfecho,
Señor, de aquello que saber deseas,
Que vesle vuelve lleno de despecho.
Asómase IUGURTA a la muralla.
IUG. Prudente general, en vano empleas
Más aquí tu valor. Vuelve a otra parte
La industria singular de que te arreas.
No hay en Numancia cosa en que ocuparte.
Todos son muertos, y sólo uno creo
Que queda vivo para el trunfo darte,
Allí en aquella torre, según veo.
Yo vi denantes un muchacho; estaba
Turbado en vista y de gentil arreo.
CIP. Si eso fuese verdad, eso bastaba
Para trunfar en Roma de Numancia,
Que es lo que más agora deseaba.
Lleguémonos allá, y haced instancia
Como el muchacho venga aquestas manos
Vivo, que es lo que agora es de importancia.