LEONCIO.
Terrible ofrecimiento es el que has hecho,
Y en él, Morando, se nos muestra claro
Que no hay cobarde enamorado pecho,
Aunque de tu virtud y valor raro
Debe mas esperarse; mas yo temo
Que el hado infeliz se muestre avaro.
He estado atento al miserable estremo
En que te ha dicho Lira que se halla,
Indigno cierto á su valor supremo:
Y que tu has prometido de libralla
Deste presente daño, y arrojarte
En las armas Romanas á batalla.
Yo quiero, buen amigo, acompañarte,
Y en empresa tan justa y tan forzosa
Con mis pequeñas fuerzas ayudarte.
MORANDRO.
O mitad de mi alma! ó venturosa
Amistad no en trabajos dividida,
Ni en la ocasion mas prospera y dichosa!
Goza, Leoncio, de la dulce vida,
Quedate en la ciudad, que yo no quiero
Ser de tus verdes años homicida:
Yo solo tengo de ir, yo solo espero
Volver con los despojos merecidos
A mi inviolable fe y amor sincero.
LEONCIO.
Pues ya tienes, Morandro, conocidos
Mis deseos, que en buena ó mala suerte
Al sabor de los tuyos van medidos.
Sabrás que no los miedos de la muerte
De ti me apartarán un solo punto,
Ni otra cosa (si la hay) que sea mas fuerte.
Contigo tengo de ir, contigo junto
He de volver, si ya el cielo no ordena
Que quede en tu defensa allá difunto.
MORANDRO.
Quedate, amigo! queda enhorabuena,
Porque si yo acabáre aqui la vida
En esta empresa de peligro llena,
Tu puedas á mi madre dolorida
Consolar en el trance riguroso,
Y á la esposa de mí tanto querida.
LEONCIO.
Cierto que estás, amigo, muy donoso
En pensar que tú muerto, quedaria
Yo con tal quietud y tal reposo,
Que de consuelo alguno serviria
A la doliente madre y triste esposa:
Pues en la tuya está la muerte mia,
Seguirte tengo en la ocasion dudosa,
Mira como ha de ser, Morandro, amigo,
Y en el quedarme no me hables cosa.
MORANDRO.
Pues no puedo estorvarte el ir conmigo,
En el silencio de la noche oscura
Tenemos de asaltar al enemigo;
Lleva ligeras armas, que ventura
Es la que ha de ayudar al alto intento,
Que no la malla entretegida y dura:
Lleva ansi mismo puesto el pensamiento
En robar y traer á buen recado
Lo que pudieres mas de bastimento.
LEONCIO.
Vamos, que no saldré de tu mandado.
SCENA II.

DOS NUMANTINOS.
PRIMERO.
Derrama, ó dulce hermano, por los ojos
El alma en llanto amargo convertida,
Venga la muerte y lleve los despojos
De nuestra miserable y triste vida.
SEGUNDO.
Bien poco durarán estos enojos,
Que ya la muerte viene apercebida
Para llevar en presto y breve vuelo
A quantos pisan de Numancia el suelo:
Principios veo que prometen presto
Amargo fin á nuestra dulce tierra,
Sin que tengan cuidado de hacer esto
Los contrarios ministros de la guerra;
Nosotros mismos á quien ya es molesto
Y enfadoso el vivir que nos atierra,
Hemos dado sentencia inrevocable
De nuestra muerte, aunque cruel, loable.
En la plaza mayor ya levantada
Queda una ardiente codiciosa hoguera,
Que de nuestras riquezas ministrada
Sus llamas sube hasta la quarta esfera:
Alli con triste priesa acelerada
Y con mortal y timida carrera,
Acuden todos, como á santa ofrenda,
A sustentar sus llamas con su hacienda.
Alli la perla del rosado Oriente,
Y el oro en mil vasijas fabricado,
Y el diamante y rubí mas excelente,
Y la extremada purpura y brocado
En medio del rigor fogoso ardiente
De la encendida llama es arrojado:
Despojos do pudieran los Romanos
Henchir los senos y ocupar las manos.

Aqui salen algunos cargados de ropa, y entran por una puerta y salen por otra.

Vuelve al triste espectáculo la vista,
Verás con quanta priesa y quanta gana
Toda Numancia en numerosa lista
Aguija á sustentar la llama insana;
Y no con verde leño y seca arista,
No con materia al consumir liviana,
Sino con sus haciendas mal gozadas,
Pues se ganaron para ser quemadas.
PRIMERO.
Si con esto acabára nuestro daño,
Pudieramos llevallo con paciencia,
Mas ay! que se ha de dar, si no me engaño,
De que muramos todos, cruel sentencia.
Primero que el rigor barbaro estraño
Muestre en nuestras gargantas su inclemencia,
Verdugos de nosotros nuestras manos
Serán, y no los perfidos Romanos.
Han acordado que no quede alguna
Muger, niño, ni viejo con la vida,
Pues al fin la cruel hambre importuna
Con mas fiero rigor es su homicida.
Mas ves alli do asoma, hermano, una,
Que como sabes, fue de mí querida
Un tiempo, con estremo tal de amores,
Qual es el que ella tiene de dolores.
Sale una muger con una criatura en los brazos, y otra de la mano.

MADRE.
O duro vivir molesto!
Terrible y triste agonia!
HIJO.
Madre, por ventura habria
Quién nos diese pan por esto?
MADRE.
Pan, hijo, ni aun otra cosa
Que semeje de comer!
HIJO.
Pues tengo de perecer
De dura hambre rabiosa?
Con poco pan que me deis,
Madre, no os pediré mas.
MADRE.
Hijo, qué penas me das!
HIJO.
Pues qué, madre, no quereis?

MADRE.
Sí quiero; mas qué haré
Que no sé donde buscallo?
HIJO.
Bien podeis, madre, comprallo,
Si no yo lo compraré:
Mas por quitarme de afan,
Si alguno conmigo topa,
Le daré toda esta ropa
Por un mendrugo de pan.
MADRE.
Qué mamas, triste criatura!
No sientes que á mi despecho
Sacas ya del flaco pecho
Por leche, la sangre pura?
Lleva la carne á pedazos,
Y procura de hartarte,
Que no pueden mas llevarte
Mis floxos, cansados brazos!
Hijos del anima mia,
Con qué os podré sustentar,
Si apenas tengo que os dar
De la propia carne mia?
O hambre terrible y fuerte,
Cómo me acabas la vida!
O guerra, solo venida
Para causarme la muerte!
HIJO.
Madre mia, que me fino,
Aguijemos á do vamos,
Que parece que alargamos
La hambre con el camino.
MADRE.
Hijo, cerca está la casa
Adonde echarémos luego
En mitad del vivo fuego
El peso que te embaraza.
Entrase.


[JORNADA IV.]

SCENA I.

Tocase al arma con gran priesa, y á este rumor salen

CIPION

con