—Sí, condenarme; eso de irte así es condenarme...

—Y si me fuese con un marido? Si te dejara por un hombre...?

—Según el hombre.

Hubo un breve silencio.

—Pues sí, hija mía—reanudó Joaquín,—yo no estoy bien, yo sufro, sufro casi toda mi vida; hay mucho de verdad en lo que has adivinado; pero con tu resolución de meterte monja me acabas de matar, exacerbas y enconas mis males. Ten compasión de tu padre, de tu pobre padre...

—Es por compasión...

—No, es por egoísmo. Tú huyes; me ves sufrir y huyes. Es el egoísmo, es el despego, es el desamor lo que te lleva al claustro. Figúrate que yo tuviese una enfermedad pegajosa y larga, una lepra, me dejarías yendo al convento a rogar por Dios que me sanara? Vamos, contesta, me dejarías?

—No, no te dejaría, pues soy tu única hija.

—Pues haz cuenta que soy un leproso. Quédate a cuidarme. Me pondré bajo tu cuidado, haré lo que me mandes.