—No, lo tenía pensado yo, yo, tu padre, tu pobre padre, yo...

—Me das pena, padre.

—También yo me doy pena. Y ahora todo corre de mi cuenta. No pensabas sacrificarte por mí?

—Pues bien, sí, me sacrificaré por ti. Dispón de mí!

Fué el padre a besarla, y ella, desasiéndosele, exclamó:

—No, ahora no! Cuando lo merezcas. O es que quieres que también yo te haga callar con besos?

—Dónde has aprendido eso, hija?

—Las paredes oyen, papá.

—Y acusan!