—Que tu padre está ya gastado por los años y el trabajo y por el esfuerzo de la inspiración artística y por las emociones; que tiene muy mermadas las reservas del corazón y que el mejor día...
—Qué?
—Os da, es decir, nos da un susto. Y me alegro que haya llegado ocasión de decírtelo, aunque ya pensaba en ello. Adviérteselo a Helena, a tu madre.
—Sí, él se queja de fatiga, de disnea, será...?
—Eso es. Me ha hecho que le reconozca sin saberlo tú y le he reconocido. Necesita cuidado.
Y así era que en cuanto se encrudecía el tiempo Abel se quedaba en casa y hacía que le llevasen a ella al nieto, lo que amargaba para el día todo al otro abuelo. «Me lo está mimando—se decía Joaquín—, quiere arrebatarme su cariño; quiere ser el primero; quiere vengarse de lo de su hijo. Sí, sí, es por venganza, nada más que por venganza. Quiere quitarme este último consuelo. Vuelve a ser él, él, él, que me quitaba los amigos cuando éramos mozos.»
Y en tanto Abel le repetía al nietecito que quisiera mucho al abuelito Joaquín.
—Te quiero más a ti—le dijo una vez el nieto.
—Pues no! No debes quererme a mí más; hay que querer a todos igual. Primero a papá y mamá y luego a los abuelos y a todos lo mismo. El abuelito Joaquín es muy bueno, te quiere mucho, te compra juguetes...