—Yo? Pero estás loco, Joaquín? Y por qué?

—El niño te quiere a ti más que a mí. Esto es claro. Yo no sé lo que haces con él... no quiero saberlo...

—Le aojaré o le daré algún bebedizo, sin duda...

—No lo sé. Le haces esos dibujos, esos malditos dibujos, le entretienes con las artes perversas de tu maldito arte...

—Ah, pero eso también es malo? Tú no estás bueno, Joaquín.

—Puede ser que no esté bueno, pero eso no importa ya. No estoy en edad de curarme. Y si estoy malo debes respetarme. Mira, Abel, que me amargaste la juventud, que me has perseguido la vida toda...

—Yo?

—Sí, tú, tú.

—Pues lo ignoraba.

—No finjas. Me has despreciado siempre...