—Sí, os conozco! Pero, por Dios... Júrame que no has de casarte con ella...

—Y quién ha hablado de casamiento?

—Ah, entonces es por darme celos nada más? Sí, ella no es más que una coqueta... peor que una coqueta, una...

—Cállate!—rugió Abel.

Y fué tal el rugido, que Joaquín se quedó callado, mirándole.

—Es imposible, Joaquín; contigo no se puede! Eres imposible!

Y Abel marchóse.

«Pasé una noche horrible—dejó escrito en su Confesión Joaquín—volviéndome a un lado y otro en la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos. Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca. En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte de Abel. Fué una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia. Con el día y el cansancio de tanto sufrir volvióme la reflexión, comprendí que no tenía derecho alguno a Helena, pero empecé a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas de mi alma. Odio? Aun no quería darle su nombre, ni quería reconocer que nací, predestinado, con su masa y con su semilla. Aquella noche nací al infierno de mi vida.»