—Que fué él quien me presentó a ti, para que te hiciera el retrato, y me aproveché...
—Y bien aprovechado! Estaba yo acaso comprometida con él? Y aunque lo hubiese estado! Cada cual va a lo suyo.
—Sí, pero...
—Qué? Te pesa? Pues por mí... Aunque si tú me dejases ahora, ahora que estoy comprometida y todas saben que eres mi novio oficial y que me vas a pedir un día de estos, no por eso buscaría a Joaquín, no! Menos que nunca! Me sobrarían pretendientes, así, como los dedos de las manos—y levantaba sus dos largas manos, de ahusados dedos, aquellas manos que con tanto amor pintara Abel, y sacudía los dedos, como si revolotearan.
Abel le cojió las dos manos en las recias suyas, se las llevó a la boca y las besó alargadamente. Y luego en la boca...
—Estate quieto, Abel!
—Tienes razón, Helena, no vamos a turbar nuestra felicidad pensando en lo que sienta y sufra por ella el pobre Joaquín...
—Pobre? No es más que un envidioso!
—Pero hay envidias, Helena...