XI
Con la invasión del amor ¡qué marea de melancolía! Es un sentir la vida como un derretimiento, es un soñar en dormirse para siempre en brazos de Clarita.
Va de paseo á orillas del río; de los blancos álamos nievan aladas semillas, copos de vida. Y ve que se agolpan las gentes á contemplar algo. Es que va flotando en las aguas, llevado por la corriente, un hombre muerto. Parece dulcemente dormido, mecido por las ondas suaves. Va á posarse sobre él una de las mullidas simientes de los álamos.
«El hombre vivo va al fondo, muerto flota»—piensa Apolodoro, y empieza al punto á cavilar, con la sangre paterna, en el principio de Arquímedes—«pesa ahora menos que el agua... peso específico menor que cero; de vivo pesaba más que ella, por encima de cero... luego la vida pesa... la vida pesa y la muerte aligera... ¡Duerme! duerme...
Duerme, niña chiquita,
que viene el Coco
á llevarse á las niñas
que duermen poco...