¡pobre madre!...» «Ya te tengo dicho que no le cantes esos desatinos, que no le mientes al Coco, ¡Marina!...» Esta es la letra, letra paterna, mientras la música, música materna, va cantándole por debajo: «vida... sueño... muerte... muerte... sueño... vida... vida... sueño... muerte... muerte... sueño... vida...»
«¿Y si esa alada simiente posara en él y en él prendiese y fuera flotando el cuerpo por el océano, isla errante, llevando plantas? La circulación universal... omne vivum ex ovo... ex nihilo nihil fit... el círculo vital... trasformación de materia y fuerza... conservación de la energía...
Duerme, niña chiquita,
que viene el Coco...
lo Inconocible... lo Inaccesible...»
—Es un espectáculo bien poco artístico.
Vuélvese y se encuentra de manos á boca con Federico. Reprime un gesto de impaciente porque le inquieta y desasosiega este Federico, sonriente siempre, pero con sonrisa de máscara.
—¿Usted por aquí, por el campo, Federico, usted?
—¡Psé! de vuelta de una visita. Además conviene verlo de vez en cuando para mejor apreciar luego los encantos únicos de la ciudad, única morada digna del ser racional, pues el campo lo es del animal humano.