Apolodoro procura distraerse; no puede resistir la roja corbata de Federico, esponjosa é hinchada, que le revienta del cuello.

—Algún melancólico—dice Apolodoro como hablando consigo mismo,—monomanía... lipemanía...

—No—contesta Federico,—alguno á quien aterraba la muerte.

—¿Pues cómo?

—Se entregó á ella sin duda porque la odiaba, como se entregan á la mujer algunos hombres...

—¡Paradojas!

—¡Tal vez! Sólo se suicida el que odia á la muerte; los melancólicos enamorados de ella viven para gozar en esperarla, y así cuanto más tiempo la esperan, más tiempo gozan, y el melancólico es ante todo y sobre un sensual, un... ¡cuerpo de Baco, qué crimen!

—¿Cuál es el crimen?—y se vuelve Apolodoro.

Pasa un joven dando el brazo á una muchacha cuyos ojos, fijos en él, parecen flores de vida. Apóyase la muchacha perezosamente en su hombre.