«¡Hoy me ha visto! ¡que me ha visto hoy! ¡pero qué buena es este ángel de Dios! ¡hoy me ha visto, me ha visto con esos ojos sin mancha; hoy he estado en ellos, chiquitico, patas arriba, acurrucadito en las redonditas niñas de sus ojos virginales!» Y al retirarse se dice: «no he estado bastante tierno, no le he dicho lo que pensaba decirle... volveré... estoy por volver á decírselo... ¡mañana!... ¡mañana!» Y es siempre mañana y ciérnese siempre lo más tierno, lo inefable, en el silencio, sobre el gorjeo del amor.
Emilio por su parte se da aires de protector, parece estar diciendo de continuo á su hermana con su actitud: «mira, que sé tu secreto», mas á la vez empieza á pensar que esto no está bien, que no es serio ni formal, que hay que decir algo á los padres; ¡andar así cuchicheando, á hurtadillas, en el zaguán y en las escaleras! Y ¡qué tontos son estos novios! ¡qué babosos!
«Pero ¿qué es esto? ¿qué le pasa á mi hijo?—piensa don Avito;—parece otro... ¿estará sufriendo alguna enfermedad de la personalidad? ¿tendrá alguna honda perturbación en la cenestesia? ¿estará de muda? ¿tendrá la solitaria? ¿le estará entrando alguna monomanía? ¿será la incubación del genio? ¿estará en el momento metadramático, en el instante de la libertad, próximo á parir su morcilla? ¿se le estará concretando el amor?» Y el demonio familiar le repite: «caíste, caíste, y como tú caíste cae él ahora y volverá á caer y caerán los hombres todos.»
Y Apolodoro siente de noche, en la cama, como si se le hinchase el cuerpo todo y fuera creciendo y ensanchándose y llenándolo todo, y á la vez que se le alejan los horizontes del alma y le hinche un ambiente infinito. Empieza la Humanidad á cantar en él; en los abismos de su conciencia sus pretéritos abuelos, muertos ya, canturrean dulces tonadillas de cuna á los futuros nietos, nonatos aún. Revélasele la eternidad en el amor; el mundo adquiere á sus ojos sentido, ha hallado sendero el corazón, sin tener que galopar á campo traviesa. El ruido de la vida empieza á convertírsele en melodía; medita, comprendiéndolo ya, en aquello de los juicios sintéticos y de las formas a priori de Kant, sólo que el único juicio sintético a priori, el interno ordenador del caos externo es el amor. Toca la substancialidad de las cosas, su tangibilidad por el tacto espiritual; le es ya el mundo de bulto, macizo, sólido, con contenido real. Esto es lo único que no necesita demostrarse, que se demuestra por sí, mejor dicho que no se demuestra, que es indemostrable. Esto no es teatro, diga lo que quiera don Fulgencio; ha entrado al escenario aire de la infinitud, de la inmensa realidad misteriosa que al teatro envuelve.
Y ¡qué lumbre! ¡qué lumbre se le ha encendido en el corazón! ¡cómo alumbra su propio hogar! ¿Hogar? «¡Pobre padre!»—le dice su demonio familiar con voz tenue, mostrándole su hogar á la nueva luz—«¡pobre madre!» ¿Por qué es, porque cogiéndole hoy su pobre madre, la soñadora, cogiéndole en brazos le ha dado un beso, sollozando: «Luis, mi Luis, Luis mío, Luis?...» Un beso intempestivo, ilógico, sin ilación, un beso que ha arrancado lágrimas á madre é hijo.
—¡Oh, tu padre!—ha exclamado la Materia despavorida al oir un rumor.
Y aquí que entra don Avito diciendo:
—Se habla de un ingeniero industrial que ha descubierto la trisección del ángulo...
Esta noche sorpréndese Apolodoro con que las oraciones que de niño anidara en su memoria la madre le revolotean en torno á la cabeza, rozándole los labios á las veces con sus tenues alas. Y tras un «¡pobre padre!» susurrado mentalmente encuéntrase con el padrenuestro en la boca.
Y piensa en su madre y se le va el alma al pensar en ella. Y bajito, muy bajito, en silencio casi, le susurra al oído del alma el demonio familiar: «¿No has notado como se parece Clarita á tu madre?»