—Por tu cuenta, allá tú, pero sin comer ni...

—El otro día me estuvo hablando de dónde venimos y á dónde vamos... ¡qué sé yo!

—¡Psé! de alguna parte vendremos... ¡Déjate de eso!

—¡Y lee unas cosas!

—¡Bah! ganas de perder el tiempo que nos dió Dios para ganarnos la vida.

Y Apolodoro va metiéndose en la casa y empieza á hacer, á excusa de su amistad con Emilio, largas estancias en ella, mientras parece decirse don Epifanio: «¡qué le hemos de hacer!» y don Avito se dice: «¡pero dónde se mete este muchacho!...» y Marina no dice nada.

¿Y de noche, en estas noches de invierno? La roja lumbre del hogar enciende el ámbito en rubor reflejándose en el fuelle, en las tenazas; Clarita ante las llamas que danzan retira con la mano los vestidos para que no se le caldeen y asoman los piececitos; la lumbre le enciende la cara, y resbala por ella, por su tez cual pellejo de albaricoque, de dulce albaricoque de estufa, con su pelusilla para coger y cerner luz. Y los ojos, unos ojos hechos tan sólo para mirar tranquilos. ¡Oh, qué animal! ¡qué gracioso animal doméstico esta muchacha! Una gatita sobona, runruneante, pegajosa, silenciosa... ¿Y cuando habla? ¡qué hermosas simplezas dice! Sobre todo cuando pueden cruzarse la palabra á solas, un momento, en el zaguán.

—Hoy te he visto, Apolodoro.