—Sí, hombre, sí, que no reconozco aquí el derecho de primer ocupante ó pretendiente á ocuparla y que aspiro también, como usted, á la posesión de Clarita. Simple cuestión de concurrencia.
—Es que...
—Es que no tienen usted y ella celebrado ningún contrato y no sé por qué, aunque estén ustedes en relaciones, no he de intentar yo romperlas.
—¿Pero en tal concepto la tiene usted?
—Hombre, usted me es útil, me ha preparado el terreno, la ha aficionado á tener novio, es mi precursor...
—¿Y sería usted capaz de estropearla, si llegase el caso?—exclama de pronto, como por súbita inspiración, Apolodoro.
—¡Bah! Esa obligación del respeto á las vírgenes hermosas sólo reza, como tantas otras cosas, con los demás...
«Pero ¿por qué no le pego?—piensa Apolodoro—debo pegarle... Y para qué... para qué... papá dice que no hay por qué ni para qué sino cómo... Y ¿cómo le pego?»
—Quedamos, pues, amigo Apolodoro, en que la queremos los dos y será menester que ella se decida por uno...