—¿Y usted pretende á Clarita?

«Pero por qué no le pego... para qué no le pego... cómo no le pego...» Y llegan así á la entrada de la ciudad.

—Conque quedamos en remitir á ella el pleito y que lo decida, ¿no es eso? ¡Y tan amigos! Hasta más ver.


¡Qué laxitud! ¡qué enorme laxitud! ¡qué ganas de derretirse con la ciencia toda acumulada en su cerebro! «Y toda esta ciencia, cuando yo muera y mi cerebro se descomponga bajo tierra, ¿no se reducirá á algo? ¿en qué forma persistirá? porque nada se pierde, todo se trasforma... Equivalencia de fuerzas... ley de la conservación de la energía... ¡Ay, Clarita, mi Clarita! ¡Qué vida ésta, Virgen Santísima, qué mundo! Y todo ¿para qué? ¿qué más da? Ese Federico, ese Federico... ¿habrá querido burlarse de mí? ¿llevará á cabo sus propósitos? ¿la pretenderá? Pero ella no me dejará, no puede dejarme, no debe dejarme, no quiere dejarme... ¿Me quiere? ¿Hay modo de saber cuándo una mujer nos quiere? ¿Quiere de veras una mujer? ¿me quiere? Ese Federico... ese Federico...»

—Luis, Luis mío...

—¿Mamá?

—La he visto, la he conocido, Luis, la he conocido... me gusta.

—¿Te gusta?