—Sí, Luis, me gusta... Aquí está papá, Apolodoro.

Y Apolodoro se retira á trabajar en un cuento largo ó pequeña novela, sentimental y poética, que trae entre manos, porque le ha entrado, á despecho de su padre, una gran comezón por ser literato, puro literato, no pensador, ni filósofo, ni sociólogo, sino poeta, aunque sea en prosa, y cuenta las angustias de un primer amor y lima y acaricia la forma que quiere salga amorosa y dulce al oído y se esmera en los remates psicológicos, y á tal propósito analiza sus propios sentimientos y va ya á sus entrevistas de amor con una finalidad artística. Empieza á amar para hacer literatura y ha erigido dentro de sí el teatro y se contempla y se estudia y analiza su amor.

«Porque... vamos á ver; después de todo, ¿no me aburro con Clarita? ¿no es estúpida la conversación que me da? ¿tiene acaso algún ingenio la pobre muchacha? ¿dice más que gansadas y vulgaridades? La quiero por inercia, por hábito; soy una víctima del amor. Sé todo esto, pero así que me encuentro á su lado lo olvido ya y no discurro. Y en cuanto á guapa... no, no es guapa; es como tantas otras... pero, sí, ¡es la más guapa! ¿No será que me he acostumbrado á su cara?»


XII

¿No está hoy Clarita displicente? ¿no se distrae sin motivo justificado? Contesta, no á lo que Apolodoro le pregunta, sino á lo que ella cree que le iba á preguntar, y aunque esto sea genuinamente femenino ¿no indica algo? Mas no se puede hablarle de Federico, ni siquiera dejarle presumir que se presume algo. Y don Epifanio mismo ¿no parecía hace poco con cara de pocos amigos? Hay que redoblar la ternura.

—Tú, tú eres la verdadera Pedagogía, mi pedagogía viva, mi pedagogía—y se le acerca.

—No me pongas ese nombre tan feo...