—¡Es verdad, Clara, mi Clara, Clarita!
Silencio. «Pero ese Federico...»—piensa Apolodoro, á quien saca de su ensimismamiento este disparo:
—¿Oyes misa, Apolodoro?
—Como tú quieras, Clarita—y al decirlo álzansele las figuras de su padre y de don Fulgencio, como dos nubarrones, sobre la conciencia.
—Como yo quiera... como yo quiera no... ¿la oyes?
—Pues no, no la oigo, pero la oiré—y piensa: «acaso oyéndola disipe á Federico...»
—¿Rezas por las mañanas al levantarte y al acostarte por las noches?
—Rezaré.
—Pero tu madre...