—Pues bueno, yo sabré qué hacer...
—Me parece bien, señor Carrascal, me parece bien.
—¡Usted siga bueno!
—Beso á usted la mano.
Y ya en la calle se dice don Avito: «No tengo carácter... teorías, nada más que teorías... Me está saliendo cualquier cosa... Marina... Marina... esta Marina... ¡oh, la herencia!» Y sin saber cómo, por atracción del abismo sin duda, se encuentra en casa de don Fulgencio.
—Déjele, por Dios, amigo Carrascal, déjele que adquiera la experiencia del amor, y como el amor no da fruto de ciencia más que muerto, como el grano de que la Buena Nueva nos habla, déjesele que se le muera. Necesita desengaños para que aprenda á conocer el mundo; le es precisa la muerte de la vida, tiene derecho á la muerte de la vida. ¿Tiene apetito?
—Cada vez menos.
—Buena señal.
Y al salir de casa del filósofo, se dice don Avito: «Pero este hombre... este hombre... este hombre me está engañando... me ha engañado... ¡la ciencia! ¡la ciencia!» Se encierra en su cuarto y se pone á leer un tratado de fisiología.