Se ha publicado en una revista la novelita de Apolodoro y ha sido recibida con absoluta indiferencia, menos por su padre, que ignorante del caso, no sale de su asombro. «Me he equivocado—se dice—me he equivocado; de aquí no sale nada; me ha faltado voluntad para imponer la pedagogía; la pedagogía no me ha enseñado á tener voluntad; esta Marina... esta Marina...» Pero se rehace, vuelve á leer el trabajo de su hijo y va encontrándole algo. «Sí, es indudable, tiene cosas; todavía se puede hacer de este muchacho, si no un genio, algo que se le parezca, y ¿por qué no un genio? El genio es la paciencia, su aparecer es cosa de largo proceso. ¿Y es que acaso se han acabado los genios literarios? Esperaré.»
A Clarita, que ha empezado á leerla y que está ya á punto de dejar á Apolodoro por Federico—para hacerlo pidió un plazo á sus padres y á su nuevo novio,—le ha aburrido soberanamente la tal novelita, y como ha adivinado haber servido de materia literatizable, acaba diciéndose: «pero este Apolodoro, este Apolodoro... ¡pobrecillo!»
Y Apolodoro sufre con el fracaso, con el absoluto fracaso; ni un ataque violento, ni una censura, no más que una mención de obligado elogio de Menaguti, que alaba lo que hay de él en la obra. Parece que desde la publicación de la novelilla hay más ironía en las miradas de los amigos y conocidos, porque es indudable que todos se ríen de él por dentro. Y Clarita, cada vez más fría, cada vez más reservada, nada de eso lo dice, pero lo ha leído.
¿Y sigue queriendo á Clarita? ¿la ha querido alguna vez de veras? Ahora, luego de haberla aprovechado para hacer literatura, parece que el amor se le desvanece.
Mas la herida honda la recibe de don Fulgencio, á quien hace tiempo que no veía.
—Bien, Apolodoro, bien, bien merecido lo tienes. Un fracaso, un completo fracaso. Eso no es nada. ¿Has querido ser artista? Bien merecido lo tienes. Porque no creas que he dejado de comprender que tu preocupación principal ha sido la forma, la factura, el estilo, ¡cosas de Menaguti! Allí aparece tu novia, hacia la mitad, pero es tu novia vista por ojos de Menaguti. Ni aun á tu novia has sabido ver por ti mismo. Bien, bien merecido. ¿Conque estilo, forma, eh?
—En la forma consiste el arte.
—¿En la forma? ¿en la forma dices? Saber hacer... saber hacer... ¡mezquindad! La cosa es como dicen por ahí, pensar alto y sentir hondo, y perdona que...
—Es que eso impide...
—Sí, no sigas, lo impide, sí, lo impide. Ya sé lo que ibas á decir, si un pensamiento elevado ó un sentimiento hondo pierden su elevación ó su hondura por estar bien dichos. ¿No es eso?