—Yo creo que las realzan.

—Pues crees mal. Apolodoro, crees mal. La pierden, pierden su elevación y su hondura por estar bien dichos, eso que llamamos bien dichos, que es á medida de las tragaderas del común de los mortales que ni se elevan ni ahondan, ni quieren fatigarse en pensar ni en sentir, sino que se les dé todo hecho. Has querido ser clásico... ¡buen provecho te haga! Lo clásico es repugnante; el saber hacer es repugnante. Shakespeare fundido con Racine sería un absurdo. ¡El arte es algo inferior, bajo, despreciable, despreciable, Apolodoro, despreciable! Y el buen gusto es más despreciable aún. ¿El arte por el arte? ¡porquerías! ¿el arte docente? ¡porquerías también! Es preferible sacudir las entrañas ó las cabezas de cuatro semejantes, aunque sea lo menos artísticamente posible, á ser aplaudido y admirado por cuatro millones de imbéciles. Métete, métete á artista. Bien merecido lo tienes.

Apolodoro sale de casa del maestro diciéndose: «¡me ha fastidiado! ¡fracaso! ¡fracaso completo! Nadie me hace caso; todos se burlan de mí aunque me lo ocultan; Clarita no me quiere; ese Federico... ese Federico... Y luego que me venga Menaguti con todo eso del arte... ¡El arte! ¿tendrá razón este hombre? ¿será una porquería?»


XIII

Clarita sueña un duelo por su causa, mas no hay tal duelo. En la primera entrevista que tiene á solas con Federico, lo primero que éste hace es cogerla en brazos y besarle furiosamente la boca, y ella, en desmayo, bajo el machaqueo del corazón, piensa: «¡este es un hombre! ¡pobre Apolodoro!» Federico acostumbra hacer lo primero que el cuerpo le pide, lo que le da la real gana, y gracias que ante gente, puesta la irónica máscara, se contenga.

—Y en adelante has de ser mía y sólo mía, ¿has oído?

—Sí.