—¡Ah! y tienes que escribir á ese una carta que voy á dictarte.

—Hombre...

—No tengas cuidado; sé lo que debes decirle.

—Pero ya la haré yo...

—¡Bueno!

Y se encuentra Apolodoro, en una tarde lluviosa, con la carta fatal, y apretándola en el bolsillo, se echa á la calle, á tomar el aire, á andar sin rumbo, bajo los latidos de la cabeza. Y sufre á la vez del fracaso del cuento, y cree que cuantos cruzan con él le miran y se ríen de él por dentro. Y en esto se encuentra con el melenudo Menaguti, el poeta sacrílego, sacerdote de Nuestra Señora la Belleza.

—¿Qué es eso, joven? ¿no disciernes á la gente, amigo Apolodoro?

—¡Ah, dispensa...!

—¿Qué es eso de dispensa? ¿qué te pasa? ¿qué te acaece?