—¡Oh! nada... nada...

—¿Nada? ¿No cosa nada? No te vale ocultarlo... mira que me adiestro en la inquisición psicológica... y esos ojos, ese aspecto...

—Pues bien, sí, que Federico me ha quitado la novia.

—¿Federico Vargas?

—El mismo.

—¿Y á eso denominas nada, no cosa nada, nonada? ¿Y dejas que ese... esportulario del espíritu te birle la novia? ¿Y así lo dejas?

—¿Y qué le voy á hacer?

—¿Qué? Bien se echa de ver que tu genitor te ha empapuzado de ciencia, de esa infame bazofia que con la religión es la causa de nuestra ruina. «Los sabios y los ricos no sirven más que para corromperse mutuamente»; acabo de leerlo en Rousseau. ¡Oh, la libertad! ¡la santa libertad! ¡Virgo Libertas!, para los que merecemos ser libres, se entiende, que somos muy pocos. ¡Oh, la Belleza! ¡la santa Belleza! ¡Alma Venustas! Eres un esclavo, Apolodoro.

—¿Y qué le voy á hacer?